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La cotidianidad del crimen

Aunque escuchamos, vemos y leemos menos acerca de la violencia y sus saldos en México, las muertes como resultado del crimen organizado siguen sucediendo con los mismos métodos y frecuencia. Muchos tenemos todavía la suerte de no contar con víctimas entre nuestros familiares. Pero la mayoría de los mexicanos sabemos de al menos un amigo que ha perdido la vida en circunstancias violentas a mano de criminales.

Antes de terminar el año supe, por viva voz de una amiga, sobre un muy lamentable caso de extorsión a su pequeña familia, que tenía una taquería en la ciudad de Morelia, Michoacán.

Cuando apenas abrían el local, ella, su marido y el hijo con su mujer estaban listos para empezar las labores de cocina, pero el nieto empezó a llorar en una de las habitaciones superiores. La abuela corrió a atenderlo y cuando volvió encontró a su marido, hijo y nuera asesinados. El bebé de tres meses sobrevivió, y la abuela —salvada por su llanto— se hará cargo del niño. Pero deberá empezar su vida en algún otro lugar alejado de Michoacán, con el dolor de haber perdido al resto de su familia y con la enorme tristeza de tener que contarle a su nieto cómo fue que murieron sus padres.

Las especulaciones sobre el asesinato de estas tres personas llevan a varios a suponer que alguna de las víctimas estaba relacionado con el narco o a que se negaron a pagar la cuota que les exigen los criminales para mantener abierto el local. Como si ambas situaciones fueran equivalentes y justificaran su asesinato. Esta inmediata reacción para asumir que una u otra razón conlleva ese destino refleja lo acostumbrados que estamos a la muerte violenta en nuestro país.

Durante el sexenio de Felipe Calderón la lucha contra el crimen fue un tema tan recurrente que monopolizó no sólo las políticas públicas, sino el discurso y la agenda mediática. Con la llegada de Enrique Peña Nieto el cambio en el discurso y la variedad temática han dado un drástico giro al tratamiento que se da en los medios sobre el crimen organizado.

Para quienes acostumbramos atender las noticias en prensa, la reducción de notas y reportes sobre violencia y crimen es evidente. Y ello, inevitablemente, modifica la percepción social, aunque de facto la violencia siga causando estragos en muchos puntos del país. El gobierno federal asegura que en 2013 el crimen organizado en México dejó 10 mil 95 muertes. Las cifras oficiales arrojan una reducción de asesinatos, partiendo de que en 2011 se cometieron 12 mil 284 y durante 2012 la cifra aumentó a 12 mil 412, mientras en 2013 las muertes ligadas al crimen organizado se redujeron en 19%. Sin embargo, cuando se trata de historias, con nombre y apellido, los porcentajes pierden sentido. Para la abuela que perdió a los suyos y cuidará del nieto huérfano, ese 19% no tiene significado.

Las prácticas de extorsión y amenaza siguen siendo comunes. Legisladores de Michoacán, por ejemplo, denunciaron públicamente que en 73 de los 114 municipios de esa entidad el crimen organizado extorsiona a productores grandes y pequeños. La historia de esta familia que perdió a tres de sus integrantes no sucede únicamente en Michoacán y sus 73 municipios más extorsionados, sino que se replica cada vez en más entidades.

Celebrar que el número de muertes se ha reducido a este paso implica asumir que, a pesar de la disminución, las muertes violentas seguirán siendo cosa de todos los días, y por lo tanto serán tratadas como un "fenómeno natural" en el que gobernadores y autoridades federales tienen poca injerencia. A lo más que podemos aspirar, quizá, sea a que nuestros periódicos y medios audiovisuales no omitan en su información las vidas que perdemos cada hora, en este conteo interminable de muertes violentas.

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