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La depresión de Sofía

Ayer, Sofía no se quería levantar de la cama. Abrió un ojo, vio hacia la ventana y se percató de que no había parado de llover en toda la noche. El cielo estaba gris y afuera hacía frío. "Nada vale la pena", pensó al mismo tiempo que se volvía a cubrir con su edredón. "Faltaban nada más seis minutos", se dijo sintiendo un dolor en la boca del estómago: "¿Por qué siempre nos pasa lo mismo? ¿Por qué el pueblo mexicano está condenado al ya merito? ¿Por qué nos hicimos tantas ilusiones? ¿Por qué volvimos a creer si en el fondo de nosotros sabíamos que no lo íbamos a lograr? ¿Por qué unos son ganadores y nosotros perdedores? ¿No que ya habíamos mejorado? ¿Por qué cada cuatro años nos arrebatan la victoria? ¿Por qué los ticos sí ganaron y México perdió si antes la selección mexicana era el gigante de la zona? Ahora son mejores los ticos y los norteamericanos. Ya no tengo edad para entusiasmarme y desentusiasmarme en un lapso de 90 minutos. Ya no quiero ver un solo partido más, aunque sea el de Francia. En realidad nunca me ha gustado el futbol. Si en esta ocasión me interesé fue por el carisma y la energía de El Piojo y de Memo Ochoa. Me arrepiento de haberles comprado a mis nietos su camiseta verde. ¡Además estaban horribles! Las debí haber comprado anaranjadas, del color del equipo holandés. Ahora, ¿qué les digo a mis nietos? ¿Que siempre perdemos? ¿Que nos robaron goles? ¿Que el árbitro se equivocó? ¿Que los holandeses son unos tramposos de muy mala fe? Sería engañarme y engañarlos. Siento vergüenza por mi país. ¿Por qué le doy tanta importancia a una derrota del futbol? ¿Será porque ya estoy harta de que en México todo sale mal? Confieso que si llegué a creer en Memo Ochoa y en la estrategia de El Piojo fue para creer en algo. ¿Y ahora en qué voy a creer?".

Sofía estaba realmente deprimida y enojada. Se había creado demasiadas expectativas, tal vez por culpa de los comentaristas de deportes que no dejaban de gritar constantemente: "¡Si ganamos será un hecho histórico!". "Seguro pasaremos a cuartos de final y de ahí a convertirnos en campeones del mundo". "Nunca habíamos tenido tan buen entrenador como El Piojo". "En todo el mundo se habla de la posibilidad de que el campeón sea México", etcétera, etcétera. Pensaba que si, efectivamente, le ganábamos a los holandeses significaba que el país iba por buen camino. Se decía que si ganaba el Tri, sería capaz de creer en el PRI. Ahora, y desde esta derrota, ya no quiere saber nada ni del Tri ni mucho menos del PRI. Incluso no quiere saber nada del país porque la decepciona constantemente. Ya ni quiere escuchar las noticias. Se siente saturada. En estos momentos lo único que lee en el periódico es respecto al nuevo rey Felipe VI y la reina Letizia. Con toda atención leyó su discurso que pronunció al convertirse en el nuevo rey de España. Le llamó particularmente la atención lo siguiente: "En esa España, unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley, cabemos todos; caben todos los sentimientos y sensibilidades, caben todas las formas de sentirse español. Porque los sentimientos, más aún en los tiempos de la construcción europea, no deben nunca enfrentar, dividir o excluir, sino comprender y respetar, convivir y compartir". Cuando leyó lo anterior, Sofía se preguntó por qué los políticos mexicanos no hablan en sus discursos de esa forma tan incluyente y democrática. En seguida se contestó: "A la mejor si se expresaran de esta manera nadie les creería. Y respecto a Felipe VI, tal vez los republicanos ni los catalanes le creyeron. De todas maneras se oye muy bonito. Pobres, ellos también perdieron".

Después de conocer los resultados del partido del domingo, Sofía le marcó a cada uno de sus hijos y les dio el pésame. "Lo siento mucho", les dijo. Ellos se oían igual de tristes, especialmente el segundo, quien además estaba furioso. A tal grado que le colgó. Por la noche del día del partido, Sofía no pudo dormir pensando en la depresión de cada uno de los miembros de la selección. "Pobres muchachos, no me quiero imaginar cómo se sienten sus esposas, sus novias, sus amantes, sus mamás y sus familiares". Después imaginó a El Piojo llorando debajo de la regadera y a Memo Ochoa debajo de la almohada. Pero al que imaginó más decaído de todos fue al presidente Peña Nieto: "Pobre muchacho, tenía tantas ganas de ver a México calificado entre los mejores equipos del mundo".

Sofía concluyó con lo que había escrito Brigitte Boehm de Lameiras en el siglo XIX, que el problema de México eran los mexicanos.

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