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La doña y el poeta

Soñé que María Félix y Octavio Paz sostenían un diálogo en relación a los 100 años de sus respectivos nacimientos. Los dos se veían espléndidos. Se hubiera dicho que tenían la mitad de su edad. Es decir, parecían de 50 años. Uno frente al otro estaban sentados cómodamente, en una playa de La Paz, bajo un cielo como los de Gabriel Figueroa. El sol estaba a punto de ocultarse. De pronto, escuché a María, con su voz importante, dirigirse al poeta.

-Quién me iba a decir que a ti te iban a hacer más homenajes que a mí en ocasión de nuestros centenarios. A ti te lo permito porque fuiste Premio Nobel. Siempre fuiste más admirado en el extranjero que en nuestro país. Antes de que ganaras tu premio, en Francia te adoraban.

-No, María, si de mí hubiera dependido, hubiera organizado, desde hace un mes, varios congresos invitando a todos los directores de cine del mundo para hablar de sus películas. Nunca se me olvidará que filmó con Jean Cocteau y Luis Buñuel. Sin olvidar que hizo el personaje de Doña Bárbara que imaginara Rómulo Gallegos.

-Yo en cambio a ti nunca te leí, aunque Carlos Monsiváis me pidió que no lo anduviera diciendo por allí. Yo siempre viví en mi propio "laberinto de la soledad" porque en el fondo fui una mujer muy solitaria, pero eso sí, nunca tuve complejo de inferioridad como el resto de los mexicanos. Me admiraron en todo el mundo, jamás acepté papeles de "indita". Los guiones se adaptaban a mi temperamento, el cine me copió a mí.

-Así es, María, pero usted es una excepción como yo en la literatura de nuestro país.

-Eso sí, nunca fuiste maleducado como Salvador Novo o como Renato Leduc. Eran muy llevados conmigo. Un día Novo me dijo que tú como poeta estabas tres metros abajo de lo que creías.

-Pobre Salvador, nunca fue un hombre feliz... Mejor hablemos del amor. ¿A quién amó usted verdaderamente, María?

-A mi hermano Pablo. El perfume del incesto no lo tiene otro amor... Es una vieja historia que le platiqué a Enrique Krauze. ¿Y para ti, quién fue tu verdadero amor?

-Marie Jo.

-Mejor hablemos de México. Fíjate, Octavio, cuando yo llegué aquí a la eternidad, estaba gobernando un ranchero del PAN. Un ranchero que no tenía ni idea de quién eras tú. Pero me han contado que el que vino después era todavía más bruto. Los dos fueron tan inútiles que volvió a ganar el PRI. ¿Tú crees que los priistas van a salvar a los mexicanos?

-Sí y no. Sí, porque la Historia no es inútil. No podemos no aprender. Es imposible que seamos tan amnésicos. Y no, porque los políticos arrastran muchos vicios y atavismos, sobre todo los priistas. A los panistas ni siquiera me los puedo imaginar gobernando y la izquierda nunca aprenderá a dirigir. Lo que necesita México es una sociedad más consciente.

-Ay, Octavio, eso nunca va a pasar. Los mexicanos no cambian. Siguen igual de dejados, de corruptos, de mentirosos y de tramposos. Yo ni los extraño...

-No, María, se equivoca. Hemos tenido un arte excepcional, desde los antiguos mexicanos hasta Tamayo, Toledo, Soriano y por supuesto Diego Rivera...

-No me hables de ese señor. Qué no sabes el problema que me causó con mi esposo, Alex Berger. Me retrató con una pierna más larga que la otra y se las ingenió para que se me transparentaran los senos. Así que un día que estaba un albañil trabajando en la casa, le pedí su brocha y en un ratito me cubrí los senos. Pero en realidad ya no me importa porque lo vendí. Ahora ha de ser más caro, porque es un cuadro que pintamos Diego y yo. A la que sí quise mucho fue a Frida. ¿Qué no conoces las pinturas que me hizo Leonora Carrington? Es un tríptico muy bonito que me hizo luego de que le conté un sueño que tuve.

-A lo mejor, María, usted es un sueño que tuvimos los mexicanos. Es usted lo que muchas quisieran ser. Las mexicanas que hablan tan quedito y con tantos diminutivos, quisieran hablar con la fuerza que usted tiene. Las mujeres sumisas quisieran liberarse y lucir su belleza en todo el mundo. Y usted es ese sueño...

-Ahora sí, Octavio, me dejaste con mis hermosos ojos cuadrados. Este elogio ha sido mi mejor regalo de 100 años. Me rejuveneciste. Me siento como cuando el flaco de oro me escribió María Bonita. Es cierto, la vida de una actriz es como un sueño y si no es un sueño, no es nada. Te prometo que ahora que reediten tus obras completas en el Fondo de Cultura Económica, las voy a leer todas.

-Como usted siempre ocultó su edad, yo no sabía que éramos del mismo año. Eso nos unirá porque tenemos recuerdos similares.

-No se lo digas a nadie, pero en realidad tengo 103 años. Igual que Agustín Lara, me quitaba tres años... Pero que no se enteren allá abajo... ¿De acuerdo?

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