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La eterna magia del futbol

A José Morales Orozco, S.J., magnífico rector, mejor amigo y auténtico hombre de Dios, con mi gratitud (a ver si cabe en su maleta).

Los futboleros somos monotemáticos en tiempos mundialistas, especialmente mientras México está vivo en la liza (lo cual tiene sus ventajas porque el periodo suele ser breve). Pido pues se me permita compartir mi visión de la evolución del futbol, retomando algo de lo que plasmé en el número 31 de la revista Ibero para refutar el lugar común de que el que se practica ahora es muy superior al de antes.

Lo es en lo individual, porque se ha alcanzado un desarrollo atlético mayor al de antaño, pero no en su juego de conjunto: aquellos futbolistas rollizos y parsimoniosos del pasado no representan el primitivismo ni los veloces fisicoculturistas de ahora la posmodernidad. Me explico. Hace cuarenta años había dos o tres escuelas futbolísticas en América Latina y otras tantas en Europa, pero nos maravillaban un par de paradigmas: la paciencia lúdica brasileña y la prisa laboriosa holandesa. Brasil mareaba a sus rivales con pasecitos cadenciosos y gambetas endemoniadas, en tanto que Holanda latigueaba con toques largos y la rotación atómica de sus jugadores. No era una disyuntiva entre virtuosismo o eficacia; los brasileños se quedaron con la Jules Rimet y los holandeses nos dieron a Johan Cruyff. Eran dos formas de doblegar: embelesando en un desfile de carnaval o ahogando en un enjambre de canales.

Pues bien, en cierto sentido algo de aquel estilo vagabundo de Brasil ha vuelto por sus fueros, como lo ha hecho el totaalvoetbal de la Naranja Mecánica. Es decir, en términos de táctica colectiva, este deporte se mueve en ciclos, no en línea recta. Lo explica mejor la teoría del eterno retorno que proclaman los estoicos y sublima Nietzsche que la del progreso unilineal que estrenan los sofistas y encumbra Marx. Así que enhorabuena por el vértigo y la fuerza del futbolista actual y su capacidad de hacer con el balón en milímetros de terreno lo que su predecesor hacía en metros, pero que no me vengan a decir que el futbol asociación de ayer representa la barbarie y el de hoy es la civilización. En el balompié no hay determinismo que valga, y mientras más se agudicen las contradicciones menos se destruye un sistema. A fin de cuentas de eso se trata: de contradecir, de engañar al contrario.

No voy a racionalizar de más un juego que habita entre la intuición y la emotividad. Si el futbol fuera científico no se pasaría por el arco de la portería a Newton. Pelé violaba impunemente la ley de gravedad cuando levitaba para cabecear y transfería la inercia a las tribunas, que se iban de bruces varios metros cada vez que frenaba en seco tras uno de sus piques. Y yo jamás vi que a una de sus acciones correspondiera una reacción contraria de igual magnitud. Un crack, en efecto, es un mago al que la ciencia le es irrelevante. Lo suyo es el ilusionismo corpóreo, la prestidigitación con los pies. Domina la telepatía y la telequinesia: lee la mente del rival, mueve el balón sin tocarlo e hipnotiza a todo el que lo mira con atención, sea contrincante o fanático. No importa si es 1970 o 2014, Pelé o Messi. La magia futbolera no se crea ni se destruye: sólo se transforma.

Cierto, el futbol también es espectáculo, negocio y a veces algo peor. Ha detonado una guerra, si bien ha detenido otra. Aunque se ha mercantilizado demasiado, y televisoras y patrocinadores lo mueven en aras de sus intereses económicos, pensar que nos va a alienar es subestimarnos. Yo seguiré escribiendo contra la corrupción y el neoliberalismo, pero no me voy a perder este Mundial, mucho menos ahora que México pasó a octavos para enfrentar justamente a Holanda. Y tan seguro estoy de lo inofensivo de mi pasión futbolera que acudiré a mi próxima cita frente al televisor tarareando una adaptación del bolero de Armando Domínguez: enajéname más, que me hace tu maldad feliz.

Twitter: @abasave