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La industria del odio

ITINERARIO POLÍTICO

Hasta antes de la explosión de las redes sociales —y de su ciclo vital de creciente comunicación global—, el odio era una discreta pasión humana que se reprimía de expresiones públicas. El odio solía vivir callado, oculto, en espera de la mejor oportunidad para saltar contra su víctima.

Según conocedores del tema, el odio —igual que el amor o la envidia—, son sentimientos y pasiones que en la dosis correcta sirven de equilibrio o contrapeso de la conducta humana. Y su misión vital es esa; el equilibrio emocional.

Pero el odio no es sólo una de las mal llamadas "bajas pasiones", sino que también tiene la categoría de derecho natural. Es parte de la naturaleza humana y al igual que el amor, toda la humanidad tiene derecho a odiar y amar.

Sin embargo, resulta que con la llegada de las redes sociales, el odio también parece haber alcanzado la categoría de una de las libertades sociales fundamentales. Todos tienen —tenemos—, la libertad de dejar salir torrentes de odio a través de las redes sociales. Es decir, no sólo se socializó la libertad de exhibir públicamente las capacidades colectivas para el odio sino que una divisa fundamental de las redes sociales es mostrar el tamaño del odio y exhibir el objetivo preciso —con nombre y apellido–, del odio.

Más aún, de tanto en tanto, el odio se convierte en moda y estandarte de una causa social que —por esa sola razón, porque es una libertad—, propone públicamente el odio por consigna; odiar con la mayor intensidad posible, con las palabras más hirientes, vulgares y hasta soeces. Y es que el blanco final del odio es hacer el mayor daño, conseguir la mayor ofensa y mostrar el poder dañino del odio.

En el fondo, las redes sociales son una colección infinita de trofeos al odio. Y aquellos que más odian y que lo hacen con mayor intensidad y eficacia obtienen el mayor premio de sus iguales; cientos o miles de retuits.

Si en antaño la libertad de expresión era un termómetro para medir la calidad de las libertades en una democracia, hoy la intensidad y la libertad de odiar parecen una condición para el éxito en ciertos sectores de las redes sociales.

El odio, por naturaleza, goza de impunidad ante las leyes del hombre y las leyes divinas. Y es que las leyes de los hombres castigan los delitos terrenales, en tanto las leyes divinas castigan los delitos morales. No hay leyes para sancionar los excesos de odio, amor, envidia y mezquindad. Y hay de aquel que se atreva a sugerir una regla para impedir los atasques de odio, porque entonces el odio colectivo lo crucifica.

En todo caso, el odio se convierte en delito cuando evoluciona y se transforma en venganza criminal; cuando esa venganza lastima o lesiona al destinatario del odio. El odio, en estado latente —sentimiento, pasión o pensamiento—, es inofensivo para la colectividad. En todo caso enferma el alma y el corazón del que lo anida. Empieza a dañar a los otros cuando el odio salta del pensamiento a las palabras; cuando las palabras invaden las redes sociales; cuando adquieren alguna de sus versiones más comunes, como la difamación, la calumnia, el insulto, la ofensa y la fobia capaces de inventar las peores mentiras contra el odiado.

El odio suele nublar la razón, la sensatez y la inteligencia. Si en redes sociales una voz vengativa lanza estiércol contra el odiado; otros vengadores anónimos o conocidos compran el mismo estiércol, lo amasan con su odio personal —y sin importar si es calumnia, difamación o insulto—, se suman alegremente al carrusel de odio en que se han convertido buena parte de las redes sociales.

El odio no viaja solo. Sus compañeros de viaje son el amor, el resentimiento, la envidia, la soberbia… Los antiguos bautizaron a esos viajeros como "bajas pasiones". Otros dicen que son dolencias del corazón, del alma o del espíritu.

Lo cierto es que en el México de libertades democráticas, de fanatismo, redes sociales e intolerancia, es motivo de odio pensar diferente, disentir, criticar a las buenas conciencias o cuestionar al "México bueno". Y el odio en redes sociales es tan rentable, que existen profesionales del odio; especialistas que diseñan campañas de odio, que sobre todo, viajan por las redes sociales. Y es que en los tiempos de las redes sociales el odio es un negocio; negocio sin reglas e impune. Al tiempo.