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La lucha debe ser diaria

SAPIENZA

La mayor parte de la gente regresa a su hogar pensando que la guerra que debe librarse es contra la violencia, sin percatarse que la violencia sólo es consecuencia de la injusticia y la falta de valores. No se percata que es una guerra que debería pelearse, y que debió pelearse, desde el hogar. Porque la violencia es producto del descuido de los padres que no estuvieron al pendiente de la influencia que llevaba a sus hijos por mal camino. Ese descuido ha dado como cosecha muchos corruptos, ladrones, violadores, amorales, asesinos; gente irrespetuosa de los derechos ajenos porque en su momento no hubo quien pusiera un alto. La disciplina se pasa por alto porque ninguna disciplina es motivo de gozo –ni debería serlo— para el infractor o para el padre que debe aplicarla. Pero si el niño aprende a negociar y salirse con la suya en la infancia, perfeccionará el método en su vida adulta, con los resultados que tenemos a la vista. Negociar con la autoridad paterna no hace sino restar credibilidad y respeto hacia el padre. Un matrimonio que decide inculcar a sus hijos los verdaderos principios morales, no los que dicta la televisión, enfrentará la oposición de la sociedad y quizá hasta la burla porque el hombre ama y tolera cada vez más aquello que debe despreciar y odiar. Nunca una lucha fue fácil, pero los valientes la enfrentan. Un solo matrimonio que decida guiar a sus hijos –digamos que son tres y que a la vez cada uno de sus descendientes tendrá tres hijos más a los que impartirán dichos principios— a la vuelta de cinco generaciones habrá influenciado para bien a 243 personas. Un solo matrimonio. Pero la lucha debe ser diaria. Contra la inmoralidad, el adulterio, la homosexualidad, la corrupción, el alcoholismo, el robo, el aborto, la pornografía, y tantas cosas más. En estas horas de oscuridad –porque ese es el tiempo que vivimos, uno de oscuridad— la pregunta no debe ser si nuestra oposición es popular, convenientemente política, o segura. Lo importante es que sea correcta. La pasividad no debe ser una opción porque la pasividad está echando por la borda lo que generaciones anteriores lograron. Lo que está en juego son la seguridad y los derechos de hijos y nietos. Al paso del tiempo, ¿se asombrarán ellos por la cobardía que nos impidió levantarnos cuando pudimos hacerlo?