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La madre patria

PORTARRETRATO

La patria, madre de los mexicanos, está partida. Polarizada, llena de encono y sed de venganza. Perdió su cohesión y unidad de identidad. ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿Cuándo pasó? Hay muchos que aseguran que la semilla de la discordia la sembró Andrés Manuel López Obrador en su ruta hacia la Presidencia en 2006, pero es una afirmación muy simplista. Igual de reduccionista se podría argumentar que no fue él, sino Vicente Fox, quien al usar los recursos del poder para meterlo a la cárcel, provocó el quiebre nacional.

Pero para que la madre patria se parta como está ahora, una década es insuficiente. El odio –que se manifiesta todos los días a través de las redes sociales–, la ruptura institucional –¿no son los guardianes de la justicia sus principales victimarios? –, o la tergiversación de los valores –¿cuántas veces los narcos son más buenos que el gobierno, y los criminales mejores que la policía? –, son un deterioro que necesita más tiempo de incubación para que salgan sus vapores, que una mera década de maduración. Fox y López Obrador no son el síntoma, sino una de sus muchas consecuencias.

La Madre Patria, con mayúscula, es como se conocen a las naciones que dan nacimiento a otras. En el caso mexicano, España sería la madre patria. Pero la madre patria, con minúscula, es la que desde hace dos siglos arropa a una nación que no termina de encontrarse. Tuvo su Independencia y Revolución, que por definición separa a los pueblos. Sus Leyes de Reforma, que profundizaron la división entre las élites. Sobrevivió contrarrevoluciones y traidores, y transitó del poder militar a gobiernos civiles, con la construcción de instituciones a partir del eje de un partido que reinó durante siete décadas. En 200 años una cultura común, el mismo lenguaje, la misma religión, una misma bandera y un himno, cimentaron la identidad y el orgullo nacional.

Hoy existen esos mismos vasos vinculantes, pero ya no son suficientes para pegar a los mexicanos como una nación con intereses comunes, donde existe un pacto social con el cual todos están comprometidos. No hay mártires, pero abundan los verdugos. Hay fuerzas dentro del sistema que luchan permanentemente unas contra otras, y fuerzas antisistémicas que descalifican todo y luchan contra todos. Su razón se erige en lo que uno cree a partir de lo que sabe. Lo que uno sabe nunca deja de proyectar una realidad incompleta, pero en la madre Patria no es la búsqueda incansable del conocimiento lo que se persigue, sino a partir de los entornos y las influencias inmediatas, descargar la ira contra quien piense y actúe diferente a uno. En efecto, la intolerancia es la característica en la madre Patria que vivimos.

¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿Cuándo pasó? Se podría alegar que la ruptura que se vive ahora comenzó hace medio siglo, cuando el desarrollo estabilizador mexicano, que condujo durante los 60s el secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, llegaba a su fin, junto con un modelo económico surgido tras la Segunda Guerra Mundial y las ambiciones y los sueños de los primeros baby boomers –la generación nacida tras aquél conflicto–. Entre 1967 y 1968, la convulsión universitaria en el mundo sacudió a sus gobiernos. El mayo parisino de 1968 fue emblema de la revolución cultural, e influyó también en el verano y otoño mexicano, cuando empezó la rebelión contra el poder establecido.

La madre patria, que en los años anteriores había soportado la represión a los médicos, los ferrocarrileros y asesinatos de líderes campesinos, se quebró por primera vez en 50 años, cuando se estableció al primer pacto social tras la Revolución, al comenzar la creación en masa de las instituciones que hoy siguen de pie. La inconformidad de los jóvenes también fue la de las clases medias y la clase obrera, que empezaron a pedir –con –éxito limitado 10 años después– una apertura política. La matanza de Tlatelolco fue el símbolo del inicio de esos años de turbulencia. La estabilidad llegó a su fin poco después, no sólo como resultado de un deficiente manejo económico, como acusan sus numerosos críticos al presidente Luis Echeverría, sino porque el modelo económico de la posguerra, forjado en Bretton Woods –donde nacieron el FMI y el Banco Mundial–, concluyó su acuerdo en 1971 cuando el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, agobiado por la presión ante el gasto en la guerra de Vietnam, decretó el fin de la convertibilidad del dólar en oro y liquidó décadas de estabilidad que empujaron a la búsqueda de nuevos modelos económicos, que resultaron a veces salvajes y siempre excluyentes de quienes menos tenían.

La madre patria empezó a producir generaciones de mexicanos en permanente crisis económica, que añadió motivos a la discordia y la ruptura social. Miguel de la Madrid, para salir del pozo, sustituyó el modelo económico vigente por el de la apertura al mercado, por lo que heredó el poder a quien ideológicamente estaba comprometido con él, Carlos Salinas. En esa transferencia del poder rompió al PRI, por la exclusión de otros militantes que querían procesos abiertos –encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo–, y la llegada de Salinas al poder, brincó a la siguiente clase de priistas que estaba lista para tomar la Presidencia. La eficacia del sistema, descrita por el historiador Luis González y González en "La Ronda de las Generaciones", donde quienes quedaban excluidos un sexenio sabían que al siguiente serían recompensados, perdió estabilidad, y el encono político en las élites se socializó.

El de 1994 puede ser considerado el año en que todos los mexicanos se dieron cuenta que todo había cambiado. México injertó su aparato productivo a la economía de Estados Unidos mediante el Tratado de Libre Comercio, y una guerrilla, el EZLN, logró lo que durante casi 20 años, aquellos que en los 60s se dieron cuenta que sólo por la vía armada podían avanzar, no pudieron: acorralar al gobierno y sentarlo a negociar. Fue el año también de los magnicidios –el candidato a la Presidencia Luis Donaldo Colosio, y quien probablemente lo hubiera sido en 2000, José Francisco Ruiz Massieu–, y el principio del fin del PRI en el poder.

La llegada de Fox a Los Pinos fue una esperanza para muchos, convertida rápidamente en decepción por el despilfarro político tras la alternancia del poder, y su sucesor, Felipe Calderón, tomó las armas para combatir al narcotráfico en todo el país, al que sumió en una guerra civil disfrazada de lucha contra la delincuencia organizada. Para cuando él lo hizo, el país ya estaba infectado. Centenares de municipios los controlaban los criminales, muchos de ellos salidos de las filas de las policías que tenían subordinadas a las instituciones. Pero en la misma lógica del saber con limitaciones y la falta de maduración democrática, para muchos era mejor vivir con el cáncer pero sin violencia, que eliminar el mal aunque doliera la medicina.

El regreso del PRI al poder fue motivo para renovar el encono, cansado un poco de tantos muertos. La Presidencia de Enrique Peña Nieto galvanizó aún más el rencor, que pareció disminuirse cuando sembró en el Pacto por México la semilla de un nuevo pacto social. El sueño duró menos de un año, cuando otra discusión ideológica, la propiedad del petróleo, acabó con el tejido de ese nuevo acuerdo. No hay más en la madre patria que una división aumentada y fortalecida en la tradición oral de los mexicanos, que la extrapolan cada vez más hacia la violencia. ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿Cuándo pasó? Como Fuenteovejuna, en busca del bien mayor, todos hemos sido culpables de partir a la madre patria en la que vivimos.

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