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La mueca del Piojo

POLIARQUÍA

El fut bol es un juego, pero a veces lo olvidamos. Y es comprensible. Es tanta nuestra urgencia de victorias que tenemos como país, que por unos días empeñamos lo que somos y lo que no, en los botines de once jugadores. En las muecas frenéticas de un entrenador. En el sentido patriotero que se hincha después de dos cervezas.

Es domingo pero la gente se levanta temprano. Ha organizado desde el día anterior lo que hará. Se verá el juego en casa con la familia. En las pantallas de las plazas públicas instaladas por los gobiernos. En el bar aunque sea temprano. Con los amigos donde sea. Es día de la verdad nacional. Claro que sí se puede. De eso se han encargado los patrocinadores. Nosotros hemos puesto la fe. Como debe ser en estos momentos de encuentro. Ningún tema nos une tanto como un partido de la selección. Es la gran pausa a nuestras diferencias y desencuentros. No hay conversaciones sobre política. Ni sobre las penurias económicas del país. Tampoco sobre las enfermedades. No hay otro espacio que no sea para el fut bol.

En los lugares de reunión casi todos desayunaron. Las televisoras comenzaron la trasmisión desde una hora antes. Hay que alargar el inicio lo más que se pueda. Comerciales y más comerciales. Los jugadores bailando mientras preparan un sándwich. El Piojo como todo un político dando consejos a los niños desde una tribuna. O repitiendo en cámara lenta las contorsiones de su cara cuando cae un gol. Han visto ciento de veces las escenas heroicas de los tres partidos anteriores. De los goles de la selección en otros mundiales.

Las calles de las ciudades lucen casi vacías. Ha comenzado la transmisión. El juego es tenso. No puede ser de otra forma. Millones de miradas están clavadas en las pantallas. Han seguido con enorme angustia buena parte del juego. El gol de México hace estallar la euforia. Hay abrazos y gritos de júbilo. Claro que sí se puede. Y vamos por Costa Rica o Grecia. Y luego lo que sigue. ¿Por qué no pensar en la final? Acabamos de faltarle al respeto a uno de los favoritos de todos los tiempos. Sentimos que dejamos fuera a Holanda. Hay en esos minutos una seguridad colectiva en lo que somos, que no la puede provocar ninguna otra situación. Los narradores empiezan a halagar al entrenador nacional. A su arrojo. El cómo rescató a la selección de la cárcel de la mediocridad. Describen a Holanda como otro de los grandes que se va. Las redes dan cuenta del entusiasmo nacional. Se cuentan los minutos que faltan. Parece que se detienen. Entra el Chicharito y explota nuevamente el júbilo. Pero cuatro minutos necesitó el equipo rival cuatro para pasar del sí se puede al siempre no. Vieja historia. Viejas heridas. El ánimo nacional cae. Cae. Otra vez no se pudo.

Ha terminado el sueño dicen los comentaristas. Ahora el Piojo se equivocó, sentencian. Los mismos que lo alababan apenas unos minutos, ahora cuestionaban sus decisiones erradas. México se queda otra vez en octavos de final. La misma historia. Las mismas decepciones.

El encabezado en la web de un diario, es implacable: "Tanta tragedia que da risa: México pierde como siempre, ahora frente a Holanda, y se va del Mundial Brasil 2014"

Veo en la televisión a un niño llorando después del partido. Su rostro conmueve. Duele. Me detengo en esa imagen y pienso: finalmente el fut bol es un juego y por lo tanto no debemos dramatizarlo. Ya para dramas tenemos bastantes.

[email protected] twitter: @guadalupe2003