Opinión

La muerte de la verdad

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Por: Gabriel Guerra

Las imágenes de la ofensiva de las fuerzas armadas de Israel en Gaza dominan desde hace ya casi un mes los espacios principales de los medios de comunicación. Las redes sociales se desbordan con opiniones y comentarios en pro y en contra. Activistas, analistas, reporteros, brigadistas y víctimas, brincan desde las pantallas de nuestras televisiones, computadoras o dispositivos móviles para explicarnos lo que según ellos sucede.

La narrativa es generalmente maniquea. Dependiendo del punto de vista de cada quien, todo es blanco o negro. Hay un malo que sólo ataca y provoca, otro bueno que sólo sufre y se defiende. Con muy raras excepciones no se presenta ya no digamos el panorama completo de tan añejo conflicto, ni siquiera una visión mínimamente balanceada de la tragedia.

En el conflicto entre Israel y Hamás la verdad dejó de existir hace mucho para ser suplantada por la más descarada y vergonzosa propaganda de ambas partes. En una historia en la que demostrablemente no hay buenos ni malos absolutos, las dos partes han logrado implantar su propia crónica de las cosas. Quien se atreve a cuestionarla es un traidor, un mentiroso, un aliado del enemigo.

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Los adjetivos se vuelven epítetos, insultos: sionista, terrorista, asesino, genocida, antisemita. Las palabras vuelan, el lenguaje se abarata, la lógica y la decencia humana desaparecen. Si a mi enemigo, además de intentar matarlo, lo puedo descalificar con una sola palabra, ya no necesito de argumentos ni razones, ya no necesito que la verdad esté de mi lado.

La más importante frase jamás expresada antes de una batalla fue de Abraham Lincoln. Al decirle a uno de los suyos que la victoria estaba asegurada porque "Dios está de nuestro lado", el presidente abolicionista le respondió: Mi preocupación no es si Dios está de nuestro lado, yo sólo espero que nosotros estemos del lado de Dios.

De Dios, de la verdad, de la moral, de lo correcto. La razón no nos la otorga nuestra capacidad para la violencia, para el sufrimiento o el martirio: la razón nos la da la compasión, el humanismo, la tolerancia, la piedad.

Ambas partes cometen excesos, abusos y violaciones a las leyes de la guerra, a los principios básicos, fundamentales de la convivencia humana. Como pocas veces vemos a dos contrincantes a los que no les importa que mueran niños: unos porque los ven como una victoria propagandística, y otros como un estorbo a sus planes militares. La sinrazón, la desvergüenza, la brutalidad los domina, los controla y parecen decididos a convertirse en aquello que su enemigo quiere que sean. Es una guerra en la que los dos bandos están determinados a desprestigiarse a sí mismos.

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Soy un duro crítico de las políticas que sigue el Gobierno de Israel hacia los palestinos y sus dos representaciones políticas, Hamás y Al Fatah, que preside la Autoridad Nacional Palestina. Soy igualmente crítico de los actos terroristas de Hamás, de su negativa a reconocer el derecho de Israel a existir en paz, de su obsesión por la violencia, por los misiles que lanza sin cesar.

Veo con tristeza un círculo vicioso de odio y venganza que es alimentado por el terror, pero también por el bloqueo a Gaza, por los asentamientos ilegales en Cisjordania.

Las nuevas generaciones crecerán sólo pensando en los agravios recibidos y nunca en los cometidos, incapaces de perdonar porque no pueden siquiera tratar de entender lo que motiva, lo que impulsa al otro a ser como es.

Los culpables están en ambos lados: en las dirigencias políticas y militares y en la incomprensión mutua. Pero mientras cada uno sólo piense en reafirmarse como el bueno, continuará confirmándole al otro su intrínseca maldad.

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Y el ciclo del odio se renovará. Y la principal víctima seguirá siendo la verdad.