Opinión

La necesaria cautela

Por: Javier Lozano

El ciclo de las reformas estructurales ha llegado a su fin. Se acabaron los pretextos para no crecer. El nuevo marco jurídico debe facilitar la llegada de cuantiosas inversiones y miles de empleos.

Y, a nivel externo, la economía de EU comienza a mostrar signos de reactivación. Las condiciones están dadas para salir de esta mediocridad económica.

Las reformas legales no deben ser vistas como un fin en sí mismo. Es su eficaz aplicación lo que ha de permitir la transformación del país. Para ello es menester contar con funcionarios públicos que posean conocimientos técnicos y sensibilidad política. Hasta ahora pocos lo han acreditado en el gabinete presidencial.

Visto en una perspectiva más amplia, las reformas se han de inscribir en la hasta hoy ausente cultura de la legalidad. Se trata de armonizar crecimiento económico con justicia social dentro del estricto cumplimiento de la ley.

Otro componente a considerar para ponderar las reformas es el impacto que la corrupción puede llegar a tener en el proceso de creación de riqueza y su distribución. La corrupción debe ser erradicada de nuestra sociedad bajo un criterio de tolerancia cero. Temo, sin embargo, que nos hemos acomodado a una forma de ser y hacer en la que los actos de corrupción se ven con cierta naturalidad. Que lleguen los de antes al poder. Total, más vale que sean corruptos pero que hagan las cosas bien, nos decían. Y con cinismo algunos hasta anhelan ser beneficiaros y "salpicados" de esa corrupción.

Hay un elemento distorsionador más. Es esta absurda lógica en las reformas que comienza por multiplicar instituciones pero alejándolas del gobierno. La autonomitis es característica de la desconfianza hacia el Ejecutivo en turno. Un ejemplo lo encontramos en la desaparición de Cofetel como órgano desconcentrado de la SCT para dar paso al Instituto Federal de Telecomunicaciones con carácter de órgano autónomo de Estado. Lo mismo ocurrió con la transformación de la Comisión Federal de Competencia Económica. La actividad económica y el otorgamiento de concesiones al margen del gobierno. Vaya despropósito. Son los saldos del Pacto por México. De seguir así nos quedaremos sólo con agencias autónomas y un gobierno meramente decorativo, sin articulación ni ejecución.

Ah, y una vez que se cuenta con instituciones renovadas de lo que se desconfía es de los políticos. Hay que reclutar ciudadanos porque ellos no nos van a fallar. Son impolutos y sus pensamientos conmueven. Y si les ponemos peluca blanca hasta mejor se verán. El desencanto pronto llega. Se trata en muchas ocasiones de improvisados que no han organizado nunca nada. Que ignoran el quehacer político y son hipersensibles a la crítica en los medios y en redes sociales. Su protagonismo los lleva a cometer excesos y su alejamiento de la administración pública exacerba las calamidades burocráticas y la torpe conducción de los procesos. El caso de Capufe y su sistema de telepeaje es apenas un botón de muestra.

En cuanto al Poder Legislativo se refiere, hemos incurrido en otro tipo de excesos. Por un lado, se privilegia la cuota de género por encima de la capacidad. Es el aplauso fácil a pesar de ser, en sí misma, una medida brutalmente discriminatoria. Y, por otro lado, está la ausencia de requisitos serios para ser legislador. Ni saber leer y escribir se nos exige. Las consecuencias están a la vista. En ausencia del rigor técnico, la demagogia. A falta de argumentos, la descalificación personal. El dogma por encima del derecho comparado. Leyes que se votan pero no se leen ni se entienden. Prejuicios que se visten de elocuentes discursos para tergiversar el real sentido de las reformas. El maniqueísmo de ubicar al que piensa diferente en el cajón de los vendepatrias y corruptos.

El epílogo de tanto desatino es que hemos provocado en la sociedad una suerte de hartazgo, de profunda desconfianza a todo lo que huela a política, partidos, gobierno, diputados, senadores y reformas. Los medios funcionan como tribunales expeditos para entablar juicios sumarios. Se dictan sentencias sin pruebas, sin derecho de audiencia ni alegatos. Y las redes sociales sirven como caja de resonancia y expansión viral. Este campo de cultivo es fértil para ocurrencias como aumentar el salario por decreto y realizar consultas chambonas.

En suma: hay espacio para el optimismo por las reformas. Y el optimismo se alimenta de esperanza. Pero bien enseña Aristóteles que "la esperanza es el sueño del hombre despierto".