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La pereza de a crítica

Hoy la crítica bosteza cuando se trata de razonar. Como los políticos demagogos le sigue la corriente a la sociedad. A las redes sociales y en general a la opinión publicada. Es lo más cómodo. Así la crítica no se equivoca. 
La crítica también vive del aplauso. Y de la inercia. Es más fácil colgarse de las ideas ya dichas. De las frases que la gente ya compró. El crítico piensa en sus públicos, más que en sus convicciones. 
Los críticos suelen ser personas políticamente correctas. Sus reflexiones no van en contra de lo que la opinión pública ya ha pontificado.
La crítica se ha vuelto un paraíso para la inercia reflexiva. Para la conclusión facilona. La crítica es sumisa al poder de la masa.  
El crítico sabe que no se puede ir en contra de las letanías sociales: esas conclusiones que todos repetimos y que no necesariamente son verdades.
Ningún crítico defenderá nunca una acción de gobierno, una iniciativa de un partido, a un empresario que no sea antigobiernista. 
La sociedad suele escoger a sus villanos. A los ángeles caídos que le sirven para lavar sus culpas colectivas. 
Para ser un buen crítico hay que llevarse bien con el lugar común. Hay que repetir convencido que su voz es la voz de la sociedad. También la crítica arropa sus propias demagogias. 
La crítica ha dejado de ser un ejercicio de reflexión serena y objetiva, para convertirse en un grito. En un lamento infinito. En una queja hacia todo y contra todos. Hoy la crítica es una expresión sin rumbo.
Más que un dardo que mueve conciencias y corrige, la crítica se ha vuelto una repetición inducida por los manipuladores. Un desahogo. Una reacción frenética. Una respuesta impensada al negro mundo de la impunidad y la injusticia.
Las noticias que generan zozobra se venden bien. Hay una nueva generación de adictos al miedo y a quienes lo provocan. Ahí está las notas que preferimos, las series que vemos, las historias que contamos a la hora de la comida.
No se trata sólo del miedo a la violencia y al crimen. También se trata de las creencias, las costumbres y el estado físico y espiritual de las personas. Se trata de tenernos miedo a nosotros mismos.
Hoy la crítica no detiene nada. No advierte nada. Se ha convertido en comparsa de irracionalidades sociales. Ha enfocado su mirada sólo a la ineficacia gubernamental y se muestra ciega a las impunidades ciudadanas.
Se nos ha vendido la idea de que vivimos una nueva libertad. Pero esa libertad se ha convertido en un modo social en donde ha desaparecido el respeto a la intimidad, la privacidad y el honor de las personas. Cualquiera puede subir a la red la tragedia de otro. La vida íntima de otro. La burla hacia el semejante. Esa también es una gran impunidad en la que nadie repara.