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La plaga de los microbuseros

GRAN ANGULAR

No sé si los dueños de microbuses y sus choferes tengan conciencia de que son una pesadilla, una verdadera plaga en la ciudad. Si acaso la tienen, seguramente les importa un carajo, pues saben que son un mal necesario amparado en la impunidad, que suple insuficiencias y deficiencias del transporte público del Distrito Federal y su zona conurbada.

El congestionamiento de vehículos en el Valle de México ha encontrado desahogo en obras viales como los segundos pisos y las autopistas urbanas. Es más, creo que nadie podría cuestionar hoy que, aunque de paga, resuelven la saturación vehicular. Algo similar ocurrió a finales de los setenta y principios de los ochenta con el trazado y construcción de los en su momento repudiados ejes viales, sin los cuales el tránsito capitalino ya se hubiera colapsado.

No podría negarse, por otra parte, que dichas obras, por sí solas, no son la mejor solución al problema. Fueron concebidas y realizadas en beneficio del automovilista y en perjuicio del transporte púbico, un servicio que en cualquier megalópolis es de primerísima necesidad.

El Metro, a no dudarlo, es una sólida columna vertebral del transporte público, a pesar de las corruptelas que ahora afloran en el caso de la Línea 12, y de muchas otras mañas ocultas, tanto en la administración de la empresa como en su sindicato.

No es poco lo que también resuelven el Tren Ligero, el servicio de autobuses urbanos y más recientemente el del Metrobús. Aun así, el transporte público sigue siendo insuficiente, realidad que no revierte la tendencia a invertir más en grandes obras viales que en él.

Esa insuficiencia en el transporte público es la que compensan los microbuses. Y es que para miles de capitalinos esa es la única opción que tienen para conectar sus colonias con el Metro o el Metrobus. Los microbuses son, por lo tanto, una necesidad en las actuales circunstancias.

Y esa necesidad, sumada a la red de corrupción que a lo largo de los años han montado los microbuseros con las secretarías de Transporte y Vialidad, Seguridad Pública y Medio Ambiente, es la que les permite sobrevivir a pesar de la pésima calidad y peligrosa operación del servicio que prestan.

Usted, estimado lector, no me dejará mentir: la mayoría de los microbuses son viejos, muchos de ellos destartalados; con suspensiones caídas, mal realizados y pésimamente supervisados sus servicios de mantenimiento; escandalosamente contaminantes y, de ribete, operados frecuentemente por jovencitos menores de 18 años, sin preparación ni conciencia, que se detienen donde les da la gana para levantar pasaje, que hacen base en transitados cruceros, que juegan carreras o transitan a exceso de velocidad, que protagonizan riñas o se coluden con la delincuencia para asaltar al pasaje. Muchos han sido los accidentes y tragedias ocurridas en ese medio de transporte, de las que choferes y dueños (muchos de ellos con grandes flotillas) salen indemnes gracias a los coyotes y asesores legales que tienen a su servicio y que compran a una autoridad omisa.

La necesidad de mejorar el entorno ambiental de la ciudad y de evitar las condiciones que afecten la salud de su población, justifican el endurecimiento del programa Hoy no Circula y sus nuevas restricciones sabatinas.

Aunque tampoco se puede negar que muchos capitalinos no están en condiciones económicas para cambiar vehículos con más de 15 años de vida que necesitan y utilizan para realizar sus trabajos o, simplemente, para transportar a sus familias.

Y aquí aplicaría aquel dicho de o todos coludos o todos rabones, pues no se ve que la autoridad meta en control a los microbuseros, que les exija renovación de unidades viejas, buen mantenimiento o desempeño no contaminante; que prohiba que los manejen menores de edad y que rompan la red de corrupción que les garantiza impunidad.

Así como está siendo estricta con las nuevas restricciones del Hoy no Circula, que lo sean con ese pésimo servicio de transporte público, la plaga de los microbiuseros.