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La tragedia migratoria

Hace precisamente una semana, tuve la oportunidad de participar en un coloquio sobre migración, auspiciado y promovido por el gobierno mexicano y El Vaticano, con la participación de altos jerarcas de la Iglesia Católica, los cancilleres de Guatemala, Honduras, El Salvador y México, de académicos, activistas y muchos otros preocupados por este asunto que toca tantas vidas, emociones, fibras sensibles.

La migración es tan antigua como la vida misma, tan reciente como el día de hoy. Si Adán y Eva fueron los primeros migrantes de la historia bíblica, en este momento hay un niño que se marcha de su comunidad, en busca de mejores oportunidades, o huyendo de una realidad terrible. Lo que debería ser un fenómeno ordenado y regulado es hoy una catástrofe humanitaria, un verdadero escándalo.

Si algo tienen en común el mundo desarrollado, principal receptor de migrantes, y las expulsoras naciones más pobres o en vías de desarrollo, es que el discurso, la retórica y la indiferencia han marcado durante décadas sus respuestas a este problema. Trátese de Alemania y los turcos, España e Italia y los norafricanos, EU y los mexicanos y centroamericanos, o cualquier otro espejo, porque eso son, espejos en que uno expulsa y otro recibe y atrae, siempre hay muchas más palabras que hechos concretos.

Dentro del drama cotidiano de la migración, hay un apartado particularmente triste, desgarrador: el de la migración infantil, que le pone un rostro, lo humaniza, le da un sentido de urgencia a lo que ha sido tanto tiempo, un juego perverso de politiquería y de estadísticas.

Hoy tenemos, por esa nueva tragedia, la de los niños, una oportunidad única para crear conciencia, para forzar a la acción a todas las partes involucradas, ya sean gobiernos, empresarios, activistas, ONGs, y las mismas comunidades de donde salen y a donde llegan los migrantes.

Las causas y orígenes de la migración no son inevitables, no son inamovibles. Tenemos la obligación ética, política, de actuar, el problema está en definir el qué y el como. En primer lugar, debemos reconocer que los que se van son los que más necesitan los países expulsores. Son los más atrevidos, los menos conformistas, los más emprendedores. Al dejarlos ir, pierden a lo mejor que tienen. Así que el mito de la válvula de escape es eso, un mito. Se pierde más de lo que se gana cuando la gente se va.

Y viceversa: los países receptores que tanto se desgarran las vestimentas se benefician del talento, el espíritu de sacrificio y trabajo, la disposición a todo de los inmigrantes. Súmese a eso su bajo costo laboral, los impuestos que pagan directa o indirectamente y tenemos un claro beneficio neto para los países receptores.

Entre los factores que empujan a la gente, y especialmente a niños y jóvenes a emigrar está la violencia, ya sea económica, social, ecológica y, por supuesto, la criminal. La violencia es de siempre en las guerras y el crimen, pero también en la pobreza, la injusticia, la explotación. Y si nadie combate eficazmente todos los aspectos de la violencia, la gente seguirá huyendo.

En el drama de la migración infantil y juvenil, México es hoy país de tránsito principalmente, lo cual hace que algunos volteen a ver a otro lado. Ya una vez nos equivocamos con ese argumento cuando eramos sólo el trampolín para las drogas de Sudamerica a EU. No podemos cometer el mismo error de nuevo, sería imperdonable.

Debemos ser los más preocupados por esta crisis, y recordar todos los días que dentro de la tragedia está el rostro humano de los niños, esos niños que viven en el infierno y nos necesitan.

Twitter: @gabrielguerrac