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La verdad de los extremistas

HISTORIAS DE REPORTERO

"No creo en los fantasmas porque yo los vi", decía mi abuelo cada que alguien le contaba alguna historia de un malo malísimo y un bueno buenísimo: que si el peor político, que si el mejor torero, que si el más sucio cocinero.

En mi chamba como reportero he conocido a muchos que trabajan de santos: figuras públicas que se presentan como mujeres y hombres sin mancha, activistas entregados a su causa, intelectuales políticamente correctos, artistas alabados por su camarilla, periodistas que se sienten perfectos desde cualquier ángulo, políticos interesados. Y me he topado con sus pecados y vergüenzas, con las víctimas que dejan en su ascenso a sus altares particulares.

También he encontrado que los demonios públicos –esos que para los dictadores de la conciencia nacional no merecen ningún derecho humano– tienen rasgos de genuina bondad.

La realidad es que todos los seres humanos somos una mezcla de blancos y negros que resultan en personalidades a veces más claras, a veces más oscuras, siempre cambiantes, pero nunca totalmente negras ni totalmente blancas.

Pero algunos de los más famosos opinadores tienden a no encontrar matices. Los matices son más periodísticos pero menos atractivos. Más verdaderos pero menos morbosos.

Así, cada quien elabora su lista de santos y demonios. Y al santo se le justifica siempre y al demonio se le condena siempre. Sin tolerancia, sin inteligencia, sin deseo siquiera de buscar la verdad. El triunfo es de la consigna.

En este ambiente surge el caso de Rosa del Carmen Verduzco, Mamá Rosa. En la calle se pelean los que la denuncian por abusos inhumanos con quienes fueron beneficiados por ella. Desde la élite, unos la culpan tan rápido como otros quieren exonerarla.

Es cierto que no hay justificación para un operativo policiaco-militar de ese tamaño para entrar a un albergue dirigido por una señora de 79 años de edad: se emplearon más elementos que en el operativo para capturar a "El Chapo" Guzmán.

Es verdad también que la sola existencia de estas instituciones de asistencia exhibe al Estado como incapaz de cumplir con la más básica de sus responsabilidades: cuidar a los niños. Gobiernos y sociedad que por décadas no han hecho nada por los grupos vulnerables, y dejan la tarea a heroicos esfuerzos individuales.

Pero asombra que haya quienes apuestan a voltear la mirada ante tantas y tan desgarradas denuncias de abusos sexuales, físicos y sicológicos. Que permanezcan en la ceguera de secta ante las imágenes de las condiciones en que vivían cientos de niños y adultos. Que se tapen los oídos cuando se habla de retenciones involuntarias y contratos de cesión de paternidad incontrovertiblemente ilegales.

El sábado el gobierno federal retiró a los policías que mantenían bajo custodia a Mamá Rosa mientras estaba en un hospital de Zamora, Michoacán. Qué bueno que ya no la tratan como si fuera El Chapo". Ojalá el retiro no signifique carpetazo a las denuncias de las presuntas víctimas.

Porque, como dirían los abuelos, "ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre".

SACIAMORBOS

En los extremos también hay bienintencionados y desinformados. Son los menos.

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