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Las infames dos rayitas

A DOS DE TRÉS

Y ahí estoy, de pie, en la esquina del céntrico crucero, invocando la luz del universo, recordando qué recomendaba el horóscopo antes de emprender camino, recurriendo a la numerología, a los arcanos y a todo aquello que sirva para tratar de adivinar a cuántos segundos equivalen --, esas dos rayitas que son la diferencia entre llegar a la otra esquina con tranquilidad, o llegar dando gracias a toda la corte del cielo y lanzando besos a los choferes que al quedar atrapada a media calle optaron por recordar a mi señora madre y no por pasarme su auto por encima. Y es que por más que trato, aún no logro hacer la conversión a segundos de las malvadas dos rayitas que, desde hace meses, marcan los semáforos peatonales.

A lo mejor a Usted le ocurre como a mí, que cuando un aparato tiene algún desperfecto pero sigue trabajando, lo ignora. En casa, por ejemplo, ha habido lavadoras con la perilla quebrada, refrigeradores con el foco fundido, controles remotos despostillados y cantidad de cosas más que pese a estar medianamente dañadas son medianamente funcionales. Pasa también con los automóviles: "no le bajes la ventana porque luego no sube" o "deja le echo aire a esa llanta porque se anda bajando", mientras no lo deje tirado a mitad de la noche por una calle desolada no hay problema de las incomodidades que pueda representar lo que se ve como un daño menor. Algo similar ocurrió con los semáforos peatonales.

A los pre-digitales nos tocó cuando se instalaron los primeros semáforos peatonales en Culiacán, por allá a mediados de la década de los 90. Eran casi de adorno porque la mayoría, a la voz de "no viene carro", nos lanzábamos sin importar el color del monigote. Fue entonces cuando se asignaron las primeras agentes viales para que nos enseñaran a respetar los nuevos semáforos y a cruzar las calles. De tanto que nos repitieron "hay que cruzar cuando esté el monito verde", les quedó el cariñoso apodo de "las del monito verde".

Una vez que aprendimos a respetar y a seguir las indicaciones de los semáforos peatonales pasó lo que suele pasar en esos casos: nos cambiaron los semáforos. En los nuevos aparatos el monito verde ya no era estático, se movía de lento a rápido conforme el segundero restaba tiempo, e incluyeron un pitido para apoyar a los ciegos y débiles visuales al cruzar la calle, a ese sonido la voz popular lo bautizó como "el pollito".

Pero a esos aparatos se les quitó lo nuevo; en unos, los segunderos se averiaron y convirtieron los números en las infames dos rayitas,-- en otros, el monito se fundió y en todos los casos los peatones nos la hemos tenido que ingeniar para salvar la situación.

Así han pasando los meses hasta llegar al punto en que hay cruceros en los cuales a los semáforos peatonales sólo les sirve el sonido. Si es temeroso o lleva tiempo de sobra, se planta en la esquina y espera a que las luces vuelvan a cambiar, pero si lleva prisa y encuentra a los autos detenidos y al "pollito" pitando, se santigua o se encomienda a aquello en lo que cree y se lanza a la calle pidiendo que el tiempo le alcance y si no le alcanza, que los automovilistas se apiaden de su alma.

Y es que a los semáforos peatonales les pasó lo que a muchos aparatos que tenemos en casa, se averiaron y en vez de repararlos nos conformamos con que siguieran funcionando a medias, hasta que, como todo, por servir se acaba y acaba por no servir.

Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones, por favor en [email protected] En Twitter en @MarisaPineda. Anímese a leer un libro, y mientras que tenga una semana libre de angustias.