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Opinión

Liberémonos del miedo

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Por: Miguel Carbonell

México es una nación habitada por muchas personas temerosas. Ese temor fue certeramente identificado por los todavía hoy insuperados análisis de la sociedad mexicana que hicieron a mediados del siglo pasado Octavio Paz y Samuel Ramos. Quizá se deba al trauma de la conquista, al mal resultado de la Colonia, al desastre político y organizativo del siglo XIX, al autoritarismo represor del siglo XX, o a muchas otras y distintas causas, pero lo cierto es que el miedo atraviesa por completo la vida privada y la vida pública de millones de mexicanos.

Es fácil ver ese miedo cuando se mira a México desde el exterior, por ejemplo cuando comparamos nuestra forma de vida, con la manera en que viven en Europa. O cuando se observa la naturalidad con la que se establecen conversaciones entre extraños en cualquier bar o restaurante de Estados Unidos, y en México es casi un tabú conversar con la mesa de junto cuando nadie nos ha presentado a sus integrantes.

Podría pensarse que la experiencia del miedo proviene de una historia que ha estado (y está) marcada por la violencia. Pero lo cierto es que también en Estados Unidos han pasado por épocas de gran violencia y en Europa todavía está fresca la memoria dolorosa de las dos guerras mundiales que en buena medida tuvieron el peor efecto, precisamente en suelo europeo.

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El temor con el que vivimos nos hace pensar que no podemos ser mejores y que nuestro destino de mediocridad económica y pésimos políticos es inalterable. Muchos piensan que México nunca, por ningún motivo, podrá aspirar a ser próspero y desarrollado.

Y es obvio que no lo puede ser mientras no nos decidamos a quitarnos el miedo que nos atenaza e inmoviliza, para ser capaces de deshacernos de la rapaz y corrupta clase política que nos gobierna. Basta ver a los "nuevos partidos" (perdón por el eufemismo, ya que de nuevos no tienen más que registro y nombre), para tener que taparse la nariz frente a opciones que no ofrecen más que fórmulas gastadas y proyectos personalistas que nada bueno pueden aportar al debate de los grandes problemas nacionales. De los partidos tradicionales es mejor ni hablar, pues todos ellos sin excepción han dado suficientes pruebas de mediocridad programática y adocenamiento ideológico. Ninguna idea fresca puede esperarse de una clase política tan aficionada al abuso de los recursos públicos, cuya única religión verdadera se resume en el postulado de permanecer en el poder tanto tiempo como sea posible, utilizando para ello todo tipo de maniobras legales o ilegales.

Una sociedad sin miedo debería haber alzado la voz en contra de esos dirigentes tan pronto como nos dimos cuenta de su absoluta incapacidad.

Una sociedad sin miedo debería haber exigido desde hace tiempo un mejoramiento de la educación pública, de la seguridad social que hoy en día está quebrada, castigos ejemplares para la omnipresente corrupción en todos los niveles de gobierno, la superación de la endémica mediocridad en la que están sumidas nuestras universidades (las cuales ni siquiera pueden ubicarse entre las 100 mejores del mundo), etcétera.

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¿Cómo lograrlo, sin caer en la utopía involutiva y casi suicida de una nueva revolución? Creo que deberíamos comenzar al menos con algunos pasos básicos: un diagnóstico claro e independiente de nuestros principales problemas. Una masiva participación en el debate sobre esos problemas a través de las redes sociales. Un seguimiento puntual de todo tipo de decisiones y políticas públicas, para que los políticos sepan que los estamos vigilando. Un uso intensivo de las leyes de transparencia para identificar y denunciar cualquier tipo de abusos.

La lista podría seguir hasta sumar miles de ideas y propuestas. Pero comencemos por lo básico: liberémonos del miedo que nos atenaza desde hace tiempo y comencemos a soñar en la construcción de un país mejor. Es urgente. Es importante. Es indispensable.

debate@debate.com.mx