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Opinión

Lo que el agua nos dejó

Por: Agustí­n Galván

Recordemos: en La Invención de Cronos (1993, México), su primer largometraje, Guillermo del Toro (1964, Guadalajara) tomó al vampiro y sin decir “agua va”, lo “reinventó”: gracias a un mecanismo creado por un alquimista hace cientos de años, un ser humano común y corriente podrá vivir eternamente siempre y cuando se “alimente” con sangre fresca. No debe extrañarnos que en dicha película ya flotara la interrogante que aún sentimos que trasmina en casi toda su filmografía ¿Qué hace que algo o alguien pueda ser considerado como un monstruo? La respuesta desde esa temprana obra mayor siempre ha sido la misma: sus acciones, no su apariencia y menos su naturaleza. Lo interesante es que, a pesar de que dicha pregunta siempre se plantea y se contesta de la misma forma: con un personaje masculino que regularmente se muestra como un macho alfa de estampita, y que durante gran parte del metraje presumirá tener el control de la situación y hasta se mostrará como un sádico para reafirmarlo; francamente resulta una necedad argumentar que del Toro siempre ha hecho la misma película.

Pongamos el ejemplo de La Forma del Agua (2017, Estados Unidos & Canadá). Cierto, ya hemos visto a ese villano cuya confianza en sí mismo resulta su mayor debilidad (Michael Shannon, que interpreta a Richard Strickland, el más vulnerable de los villanos de Del Toro). También a ese par de compañeros que no son más que versiones alternas del león cobarde (Octavia Spencer) y del espantapájaros (Richard Jenkins) del Mago de Oz. Qué decir de ese personaje principal: un rebelde al que no le importa su incapacidad a la hora de cumplir lo que el destino le depara (Sally Hawkins en su papel de Elisa, una intendente muda). Y, claro, falta ese monstruo que resultará más compasivo que los mismos humanos (Doug Jones como algún primo de la Criatura de la Laguna Negra). Narrando lo ocurrido entre septiembre y los primeros días de octubre de 1962, justo cuando Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas competían por la carrera espacial a la par que libraban la infame Guerra Fría, el cuento de hadas de Del Toro no se corta a la hora de lanzar sus dardos a varios temas que siguen estando en la agenda estadounidense: desde el racismo y la discriminación para las personas de color, los homosexuales y los que profesen (o no) alguna religión ajena a la “norma”, como cuestionar el nacionalismo que “profesan” algunos, y hasta mostrar cómo un nuevo medio (la televisión) eclipsó a uno viejo (el cine). Sí, además está esa historia de amor que no se queda en meros suspiros y miradas entre ese hombre pez que era “adorado como dios” en Sudamérica, y la aguerrida intendente muda. Visto de esa forma, La Forma del Agua parece la receta perfecta para un desastre; pero, ay, resulta que el guión de del Toro y de Vanessa Taylor logra sortear toda agua negra que enfangue su horizonte, dejándonos con una serie de momentos de peculiar belleza que enhebran una cinta que, quizá no sea la mejor de la filmografía del tapatío, pero cuyo encanto vaya que nos resultará difícil negar.