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Lo que un ciudadano no debe olvidar

POLIARQUÍA

El ciudadano es adulado con frecuencia desde el discurso del poder. También por los activistas sociales. Además es reverenciado por la academia. Desde todas estas ópticas, al ciudadano se le ve como un ser inmaculado. Un sujeto que no se equivoca. Que hace bien en no participar en política; en desdeñar a los partidos y a los políticos.

Pero en una democracia, el ciudadano debe ser un sujeto activo, demandante; protestante sí, pero también colaborativo. Entender que el gobierno forma parte de la sociedad y que la mejor manera de vigilarlo es trabajar con él; colaborar en sus políticas para exigirle cuentas con la voz completa; ir adelante del gobierno para ponerlo a prueba.

La relación del ciudadano con la política es fundamental para la cultura cívica. Pero como en cualquier relación tiene que haber reglas. Y memoria. ¿Qué es lo que no debe olvidar un ciudadano?

No es superior al político. El ciudadano no debe sentirse moralmente superior al político. No debe olvidar que el político es un ciudadano ejerciendo la política. Nada más. Defender o justificar a un político no es de lo más popular, pero hay que entender por qué y para qué toma las decisiones. El verdadero ciudadano no debe comprar el discurso que pregona que todo en política es lodo y oprobio. Ese discurso precisamente le conviene al político que no quiere que los ciudadanos participen en política y hace todo lo posible para que huya de ella.

No es inferior al político. El ciudadano no debe sentirse menos que el político. Un político no tiene que vérsele como un ser superior. Como alguien que tiene que ser reverenciado. El ciudadano debe convencerse que el poder es un préstamo del pueblo. Que la legitimidad de un político depende de la buena o mala opinión de los ciudadanos. De su colaboración y de su crítica inteligente. Un ciudadano tiene que ser tan político como el político. Jugarle también en su misma cancha y a veces con sus mismos modos. A la democracia no le sirven los ciudadanos acomplejados.

La organización es poder. Mientras nuestros reclamos, dudas, indignaciones y demandas se queden en el café, en el trabajo o en nuestras mesas familiares, la participación ciudadana es inofensiva. Inútil. Cuando la inconformidad ante una acción de gobierno termina en una iniciativa de ley, en una propuesta alterna de política pública, en las tribunas de las asambleas legislativas o en las sesiones de cabildo, entonces la participación social tiene sentido. No hay nada más efectivo que la organización. Y es el paso más difícil en la participación ciudadana. Cuando la sociedad civil se organiza, propone y da seguimiento, todos ganan: el gobierno se hace mejor; las propuestas se concretan y la democracia se hace efectiva.

La apatía es una máquina de retrasar. Decirse apolítico es una moda. Una moda políticamente correcta. Pero en una democracia avanzada no hay ciudadanos apolíticos. Al contrario: hay ciudadanos haciendo política desde los temas de interés de la comunidad. No hay nada más cómodo que la apatía y sus pretextos. El catesismo antipolítico, ese paraíso de lugares comunes que mantienen al ciudadano al margen de las decisiones por decisión propia, es el signo de las democracias atrasadas. El avance democrático de una comunidad, va en proporción del grado de apatía de sus ciudadanos. Hoy en las sociedades modernas la política ha dejado de ser un asunto sólo de políticos. ¿O no?

[email protected] twitter: @guadalupe2003