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Lo que vamos necesitando

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

Los seres humanos, desde el momento de nacer, tenemos necesidades. Estas necesidades se circunscriben básicamente a dos ámbitos: al físico y al emocional. Cuando nacemos, dependemos de que nuestros cuidadores (o sea, nuestros padres) las cubran, y de la calidad de estos cuidados y de la satisfacción de las necesidades, depende nuestro sano desarrollo en ambos aspectos: físico y emocional. Pero sucede que, si cuando fuimos bebés y teníamos hambre –una necesidad física-, nuestra madre estaba ahí para satisfacer con su pecho nuestra necesidad, nosotros fuimos cubriéndola en el cuerpo, pero, además, en el alma. ¿Por qué? Porque un bebé que se siente atendido cuando lo necesita va interiorizando la certeza de que es valioso y que merece atención. Así funciona el "cuerpo emocional" del ser humano, así es el mundo psíquico. Lo anterior significa que si cuando somos niños hemos tenido suficientemente cubiertas nuestras necesidades, entonces hemos podido ir construyendo una personalidad sólida, con seguridad y confianza, y con un grado saludable de autoestima, en el que nos sentimos dignos de amor y de cuidados. Ahora bien, cada etapa de desarrollo del ser humano presenta diferentes necesidades: en los primeros dos años de la vida del niño, su principal necesidad es formar el vínculo con su madre, que le representa TODO, es decir, que le representa el "mundo". En la calidad de esta vinculación se sostendrá todo lo que sigue en el futuro del niño: si no se logró una sana vinculación, no será posible contar con un grado suficiente de confianza y seguridad para lo que sigue, en las siguientes etapas. Después, viene la etapa, que aproximadamente va de los 2 a los 3 años, la llamada de los "terribles 2 años". ¿Por qué? Porque en esta edad el niño comienza a vivir sus primeras y más importante manifestaciones de coraje, mismo que le "sirve" (¡Sí, le sirve!) para poder realizar un movimiento psíquico de gran relevancia para su vida futura: separarse de sus padres. Después de dos años de total simbiosis con la madre (en el mejor de los casos), el niño es inundado por una imperiosa necesidad de separarse y vivir la experiencia de la autonomía, misma que le confirma que él es otra persona, lo que en psicología se llama el "nacimiento del YO psicológico". Así pues, el niño NECESITA fuerza para poder hacerlo, la cual la obtiene del coraje. Y con ello surgen las manifestaciones de los famosos "berrinches", que no son nada agradables para los padres, pero tampoco, créamelo, para los niños. De la misma manera como en la etapa anterior los niños necesitaron fortalecer la vinculación con su padre, ahora necesitan separarse. Y para ello, los niños NECESITAN dos cosas: que se les permita la autonomía y que se les permita enojarse pero con límites. Permitirles la autonomía es dejarlos que, si algo que desean tener o hacer, no les perjudica, ni perjudica a otros, ni va a repercutir en su vida futura, lo puedan hacer. Y en este poder hacerlo, el niño va confirmando que él es otra persona, que puede hacer cosas por sí mismo y que, a los ojos de sus padres, está bien que así sea. Pero si eso que desea lo perjudica a él o a otros, o tendrá repercusiones en su vida futura (comer dulces a cualquier hora, por ejemplo), tenemos la responsabilidad de hacérselo saber de una manera asertiva. Dado que esto ocurre en medio de un "ataque" de furia del niño (lo cual es absolutamente normal, el niño no está "mal"), será necesario que cuente con unos padres fuertes y seguros, que con firmeza pero amabilidad, le digan que NO. Esto por supuesto incrementará el nivel de enojo, pero si los padres tienen claro que le hacen un bien al niño, serán lo suficientemente valientes para mantenerse con la mirada puesta en el beneficio que esto les representa a los dos. Adicional a esto, conviene saber que los límites jamás deberán incluir, en esta edad, el retirarlos a otro lado, dejarlos de ver o castigar con violencia, como nalgadas, pellizcos o jalones de oreja. Esto, lejos de ayudar, sólo empeorará la situación a futuro, pues aunque en el momento el niño deje de llorar para dar gusto a los padres, esto no significará que la experiencia será nutriente para la formación de su personalidad, además de que le estará llegando el mensaje de cómo la violencia somete y resuelve temporalmente. La gran pregunta sería: ¿Qué quieres para tus hijos? ¿Quieres sobrevivir el día a día? ¿O quieres atravesar cada día con la mirada puesta en el futuro? Si tu respuesta es la última, te invito a leer otra vez esta columna y a reflexionar.