Opinión

Los Cabos: para entender lo que está pasando

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Por: César Velázquez

Partamos de lo siguiente: no es la primera vez que la fuerza desatada de la naturaleza se ceba contra el territorio sudbajacaliforniano. Otros ciclones y huracanes han golpeado con toda dureza la región de Los Cabos, La Paz, dejando una secuela de destrucción y dolor. Si es, en cambio, la primera vez que, al amparo de estos hechos, se producen actos incontrolados de rapiña y saqueo de comercios —grandes y pequeños—, arrasando con todo lo que a su paso iban encontrando, fuese o no necesario.

Frente a manifestaciones de saqueo y rapiña es muy común intentar explicaciones sociológicas, tales como el motín de hambre que impele a una comunidad depauperada a arriesgar su vida para llevar alimentos a sus hogares, por ejemplo. Apelamos a causas económicas y/o estructurales, y sostenemos que, por ejemplo, la concentración del ingreso, la exclusión y la marginación social, los conflictos de clase propios del capitalismo, subyacen en estas formas de la protesta social.

Ahora, si sofisticamos más los argumentos, llegamos a la "economía moral de la multitud", un concepto acuñado por Edward Palmer Thompson, que permite explicar actos de esta naturaleza como consecuencia de la ruptura del pacto social, debido a excesos de la clase dominante o ciertas élites extractivas que se apropian del producto o los excedentes sociales, sumiendo en la indigencia y la pobreza a vastos segmentos de la colectividad, lo que provoca una protesta social masiva.

Pero aquí, el argumento se debilita. Porque los actos de saqueo y rapiña no fueron producto de una protesta social masiva, sino la acción de pandillas organizadas, que con un claro sentido de la oportunidad, aprovecharon la convergencia de algunos factores de orden diverso, como la información insuficiente y/o a tiempo, o incapacidad para comunicar las medidas a adoptar, y la interposición del fin de semana y fin de quincena, que dejó a empresarios sin dinero y a trabajadores sin recursos para adquirir las provisiones mínimas.

En estas condiciones, era casi hasta natural que apenas pasado el meteoro, se activara una dinámica depredadora, inicialmente en busca de alimentos, por las razones expuestas líneas arriba, y que luego derivó a todo tipo de bienes y mercancías, en acciones en que convergieron grupos que viven al día, de su salario, y sectores que disponen de recursos para sobrevivir por un buen tiempo.

Dicho de otra manera: se dieron todas las condiciones de una "tormenta perfecta". Era el ambiente para un estallido: un ciclón que llega de domingo a lunes, con la quincena de por medio. Fue un saqueo relámpago. La fuerza pública poco pudo hacer. Luego, trató no de impedirlo, sino de organizarlo.

Sin embargo, ya con vida propia, este mecanismo continuó operando, pero ahora hacia las viviendas de particulares, lo que obligó a grupos de la población a organizarse en autodefensas, lo que, a su vez, evidenció la incapacidad del Estado para cumplir la más esencial de todas sus responsabilidades: garantizar la seguridad física, jurídica y patrimonial de sus ciudadanos.

Para fortuna, sí se pudo advertir una reacción rápida del gobierno federal. La doble visita del presidente a la zona devastada en apenas 48 horas, algunas medidas anunciadas en apoyo a la población y a empresarios, y el rápido inicio de tareas de reconstrucción, junto con la activación de los resortes de la solidaridad, hablan muy bien de la fortaleza y la reserva espiritual de la sociedad.

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