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Los aplausos no son votos

Afirmó ayer en el Senado José Antonio Meade: “En el 2012 voté por el presidente Peña Nieto” y, obvio, provocó un largo y estruendoso aplauso de la bancada priista.

El balón para que metiera gol se lo puso el morenista Zoé Robledo, al preguntarle lo que nadie nunca podrá saber: si el presidenciable secretario dijo una mentira contumaz.

Sin embargo, pese a las palmas, los astros no se le seguirán alineando a Meade para guiarlo hacia Los Pinos con solo dejarse ver a través del empañado y gélido cristal de las finanzas públicas, en vez del claro y cálido compromiso con la población tan común y corriente como la damnificada.

Si no se anima con Agustín Carstens a utilizar una parte ínfima de las reservas internacionales para solventar sin dilación los costos del desastre y despresurizar así consecuencias sociales no deseadas, bien puede... aumentar la deuda pública.

De ser él a quien designe Peña Nieto, poco ganará Meade en las urnas aferrándose a una rígida política hacendaria mientras, durante meses o años, cientos de miles de damnificados continúen viviendo a la intemperie.