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Los caballeros pobres…

Nunca sabemos dónde empieza la acción de la llamada delincuencia organizada y dónde la del Estado corrupto.

La Orden de los Caballeros Pobres Guardianes de las Ruinas del Templo del Rey Salomón (monjes cristianos conocidos como templarios) se dedicaba a vender protección a los comerciantes cuyas caravanas atravesaban Medio Oriente para ir y venir de China y otros lugares lejanos de Europa. Esa orden monástica regresó a Francia y otros países cargada de oro en calidad de prestamista de la corona, la iglesia y la nobleza hasta que el rey francés y el sumo pontífice romano se pusieron de acuerdo y la liquidaron en un par de días acusándola de querer crear un Estado independiente y, lo peor, de practicar la sodomía.

Nuestros templarios rechazaron a los zetas en sus delitos de extorsión y secuestro levantando la bandera de la defensa de la "familia michoacana". Al tiempo, se dividieron por causa de algunos díscolos en la guerra contra los zetas pero cayeron en los mismos ilícitos como una forma de ampliarse, es decir, con el método de reclutamiento aprendido de sus maestros, los zetas.

Ahora tenemos a los grupos de autodefensa que se han levantado en armas contra los templarios y denuncian al gobierno como cómplice de éstos, frente a lo cual no hemos tenido los suficientes desmentidos. Sin embargo, parece que las autoridades federales se han decidido a dar una lucha contra la banda delincuencial de los templarios que azota con demasiada rudeza a ricos y pobres de varias regiones de Michoacán para lo cual tienen una alianza inestable con las autodefensas.

Mientras, se ha iniciado una discusión sobre los grupos de autodefensa. Algunos dicen que son producto de un hartazgo y de un financiamiento adecuado al objetivo de derrotar a los templarios. Otros dicen que son las autoridades quienes los promueven. En cualquiera de las dos versiones lo que resalta es que el gobierno solo no pudo o no quiso lanzarse contra los templarios y que las autodefensas parecen ser más eficaces al menos para poner a muchos caballeros en fuga. ¿Acaso el gobierno nunca supo cuáles eran los predios expropiados por los templarios? ¿Acaso la autoridad no conocía las casas de los jefes de esa gran banda que han sido ocupadas por las autodefensas? ¿Acaso durante el sexenio anterior y parte de la actual administración no se sabía con precisión de qué manera entran los precursores de las anfetaminas por los puertos de Lázaro Cárdenas y Manzanillo y dónde están los laboratorios? ¿Acaso no se sabe ahora por dónde andan los jefes templarios que tanto prometieron a la gente y que tanto daño han causado? Los templarios obligaron a muchos en Tierra Caliente a votar por el PRI y eso lo sabe todo mundo.

La discusión sobre el carácter fallido del Estado mexicano es un extravío cuando no se analizan los fenómenos sociales que jamás podrán ser regidos enteramente por la autoridad, mucho menos cuando ésta ha sido estructuralmente corrupta. Si de veras se quiere analizar eso del Estado fallido ha de ser necesario abordar el fenómeno de fondo: su carácter corrupto, que no lo hace fallido sino por entero exitoso en sus términos y objetivos.

En Michoacán, Guerrero y otros lugares las cosas no están claras. Nunca sabemos dónde empieza la acción de la llamada delincuencia organizada y dónde la del Estado corrupto. Lo que sí sabemos de cierto es que la crisis de violencia delincuencial en México no hubiera sido posible sin ese carácter del Estado, el cual no habrá de desaparecer sólo por una u otra reforma de ley, pero acaso tampoco con el surgimiento de grupos de autodefensa que pueden terminar en las redes de la corrupción pública. ¿Quién destruirá al Estado corrupto? Sólo una amplia mayoría popular. Ese sigue siendo el trabajo que debe culminar con un cambio hasta de la manera de caminar de todas las autoridades del país, es decir, con una completa limpia del Estado.

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