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¡Los ciudadanos tienen la culpa!

POLITEIA

Como constituimos una ciudadanía de muy baja intensidad, es fácil echarle la culpa de todos los males. Es una costumbre del poder que advertí hace muchos años. Que la calidad de la educación es deficiente, ah, es que los padres de familia no cumplen con su responsabilidad. Que hay problemas de seguridad pública, ah, es que los ciudadanos no colaboran con las autoridades. Que no hay desarrollo, ah, es que los ciudadanos tienen la culpa.

Es cierto que nuestra cultura cívica es muy pobre. El ciudadano de a pie, común y corriente, deja hacer y deja pasar a ciencia y paciencia. No está formado en el ejercicio de la crítica y sólo rezonga cuando ya de plano la lumbre le llega a los aparejos. Hay una empobrecida participación ciudadana, resultado de muchos años de dominación y control corporativo que la alternancia no logró desmantelar, y que impide establecer un sistema de contrapeso que fortalezca la vida democrática.

Y de todo ello, por supuesto que no son los ciudadanos los culpables, aunque así lo considere mi compañero de página, Ezequiel Avilés (27/VI/14). Dice, a propósito de la falta de desarrollo: "los ciudadanos somos responsables. No somos capaces de participar en la edificación de un gobierno eficiente y eficaz. Un gobierno con sentido común y donde las palabras gastadas sean sustituidas por acciones nunca antes vistas."

¿Los ciudadanos somos responsables? ¿Quiénes? ¿Por qué? ¿Todos por igual cabemos en ese plural con las mismas responsabilidades? ¿Todos los ciudadanos somos iguales, aunque haya algunos más iguales que otros? Un obrero de la construcción, un jornalero agrícola, ambos ciudadanos, son responsables del deterioro de su situación social y material, y de la ausencia de perspectivas y de expectativas que dan cuenta de su desencanto con la política, los políticos y la democracia?

No hay entre nosotros una cultura cívica que revalore la autonomía del individuo. Siguen funcionando las viejas formas de control: la escuela, el gremio, las profesiones, el barrio, las colonias, siguen reproduciendo los mecanismos de dominación que subsumen al individuo en el colectivo amorfo, impidiendo la manifestación de su singularidad y del libre ejercicio de la crítica. No es su culpa: es la forma de funcionamiento de un sistema que le es impuesto, pero al que termina por darle su aquiescencia.

El asunto ha sido tratado con exhaustividad en el campo de la teoría política. Hace más de medio siglo, Almond y Verba, en su texto clásico, explicaron que la cultura política es expresión de una historia colectiva, condensa patrones de conducta y pautas de comportamiento de los individuos hacia la política. De ahí derivan su tipología de cultura política parroquial, de súbdito y participativa, que no son sino modelos, y por tanto, ideales, y que la vida asociada se encarga de mezclar.

Así se va sedimentando la cultura política, la cultura cívica. Desmontarla no es un asunto que se logre de la noche a la mañana. El viejo régimen autoritario en México se prolongó por varias décadas, así que no le pidamos peras al olmo. Una nueva cultura, de ciudadanos libres, participativos, críticos, tendrá que esperar.

Así que no le carguemos más pulgas a los ciudadanos.

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