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Los emperadores

El 28 de mayo pasado se cumplieron 150 años de la llegada de Carlota y Maximiliano, ese día pero del año 1864, acababa de pasar un "norte", cuando La Novara fondeó en las costas del puerto. El general Juan Nepomuceno Almonte, regente del Imperio, debió haber llegado a las doce del día para recibir a sus majestades, sin embargo, se retrasó debido a la descompostura del tren en Puebla. Cuatro horas tuvo que esperar, furioso, Maximiliano a Almonte a bordo de La Novara. "Ya me habían comentado, en Miramar, acerca de la impuntualidad de los mexicanos. Pero en esta ocasión creo que el regente ha exagerado", le comentó Maximiliano, visiblemente molesto, a Carlota. Lo que no sabía para ese momento el emperador era que Almonte se había quedado atorado por una descompostura en el tren.

El puerto de Veracruz estaba devastado, no nada más se había propagado la epidemia de vómito negro, sino que la fiebre amarilla cobraba cada día más víctimas. Desde la cubierta, Carlota observaba, aterrada, la Isla de Sacrificios, donde las Fuerzas Armadas francesas sepultaban los cadáveres de sus soldados.

En el momento en que finalmente el emperador y la emperatriz pusieron un pie en tierras mexicanas, la decepción de Carlota fue abismal. No había nadie en todo el poblado para recibirlos. Ni una sola banderita ondeando. Los emperadores pernoctaron en La Novara para evitar el contagio de las epidemias. Maximiliano nunca se imaginó que, tres años después, esa misma fragata, que lo había llevado como emperador a tierras mexicanas, devolvería su cadáver embalsamado a Europa.

Al otro día, los emperadores, finalmente, desembarcaron y se alistaron para ponerse en marcha hacia la capital por tren.

Cuando retomaron su viaje, se percataron de que las vías del tren llegaban únicamente hasta Paso de Macho. Decidieron entonces, sin más alternativa, tomar las diligencias y atravesar las montañas para alcanzar la capital. En una de sus cartas a la emperatriz de los franceses, esposa de Napoleón III, Carlota escribe lo siguiente: "Los mexicanos se confundían en disculpas por el estado de la carretera (habíamos pasado por una media docena de barrancas con rocas de varios metros de largo) y nosotros les asegurábamos que nada de eso nos importaba pero en realidad, gracias a nuestra edad y a nuestro buen humor, no tuvimos 'calambres', ni costillas rotas. Los caminos son hasta ahora lo único que ha sido peor de lo que yo creí".

Finalmente, el 12 de junio, los emperadores hacen su entrada triunfal a la Ciudad de México. Las calles fueron adornadas con gallardetes, las casas con cortinajes, banderas y flores de todo tipo. Carlota le escribió a Eugenia de Montijo que llovían montañas de flores que venían de por todas partes: de las ventanas, de los balcones, de las azoteas y de los peatones que se habían arremolinado por las calles.

Una vez terminada la ceremonia, los emperadores llegan a Palacio. Dadas las aclamaciones de júbilo de una multitud, que se apiñaba debajo de los balcones, los emperadores se vieron obligados a salir varias veces al balcón principal. Había sido prevista para la seguridad de Maximiliano y Carlota una guardia a cargo del 3ero de zuavos. El emperador, entusiasmado, decide sustituirla por una guardia mexicana. Cuál no sería su sorpresa cuando, unas horas después, escuchó una turba en el patio interno del Palacio. Recorrió la cortina, se asomó y vio, en la parte inferior de las ventanas, a cientos de curiosos mexicanos listos para entrar a sus aposentos, que se encontraban en el primer piso. "¿De qué se trata?", preguntó Maximiliano. "Nos enteramos de que el jefe de la guardia mexicana vendió la entrada a un real por cabeza para estar presentes en el momento en que los emperadores se metieran a la cama", le informó su edecán, Adrián Woll.

Más que azorado, Maximiliano estaba tan molesto que volvió a nombrar guardia de honor a la 3era de zuavos, y de la manera más diplomática posible despidió a la guardia mexicana.

Unas horas después, Carlota se metió a la cama, de pronto sintió unas picaduras en las piernas. Al destaparse, se percató, no sin horror, de que estaba siendo atacada por una legión de chinches (republicanas). Maximiliano pasaría la noche sobre la mesa de billar y la emperatriz trataría de conciliar el sueño en un sillón.

Si quiere usted sumergirse en el Segundo Imperio Mexicano, le recomiendo visite la exposición "Maximiliano y Carlota, un viaje a México", que se presenta en el museo Soumaya (Plaza Loreto); allí, podrá admirar, entre muchos objetos, pinturas, cartas y joyas, dos daguerrotipos (albúmina retocada al temple) únicos de Maximiliano y Carlota, quienes fueron retratados por Charles Jacotin, en 1864, en París. "La mirada del archiduque evoca las palabras de su madre: Estás enfermo de melancolía".

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