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Los esclavos del celular

POLIARQUÍA

Los celulares han sometido a su esclavitud a las personas. Las han convertido en seres retraídos y alejados de sus semejantes. En solitarios conversadores lejanos. El celular ha tomado la plaza de sus conciencias. Y de sus inconsciencias.

Les comparto aquí, algunas historias de lo que digo.

En el presídium. Ya han presentado a los invitados especiales. Han comenzado los discursos. El primero de ellos logra su atención efímera. Apenas dos minutos. En el presídium, aparece el primer celular y a su dueño consultando su correo. Es el que está sentado en la esquina. Al minuto se le añaden dos más. Al principio tratan de disimularlo, hasta que sus dedos frenéticos martillan los teclados sin rubor. El fotógrafo de prensa espera paciente. Sabe que tarde que temprano obtendrá su foto: los siete de la mesa con sus miradas perdidas en su teléfono, muy lejanos del evento que presiden.

En la mesa de los domingos. Han llegado al restaurant cinco comensales: una de las familias típicas en el desayuno de los domingos. Ese que siempre comienza con una discusión previa por cualquier cosa. El padre se sienta en la cabecera de la mesa y saca el celular. El resto ya lo hizo. La madre responde un mensaje. Los hijos clavan su mirada en su teléfono para algún juego. Nadie conversa entre sí. Todos con su celular. En silencio. Con sus dedos. Apenas una distracción ante la insistencia de quien los atiende. Comen sin mirarse. Sin hablarse. Perdidos en el reino del teclado que ahora los esclaviza.

Al hacer la tarea. Sentada frente al cuaderno, las ecuaciones esperan ser resueltas. A las cinco se puso hacer la tarea. Eso le dijo a su madre. Se metió a su cuarto y abrió el cuaderno. Fue cuando contestó el primer mensaje. Luego entró a la red social donde se estacionó varias horas. Contestó de todo y se enteró de todo. Un grito de la madre la despertó del trance. Escuchó una pregunta poco amable sobre si había terminado la tarea para que bajara a cenar. Vio el cuaderno: solitarias, las ecuaciones de primer grado aun estaban ahí sin una respuesta. Y así se quedarían.

En el automóvil. Cuando volvió en sí, dos socorristas lo ponían sobre una camilla. Vio el cielo de las seis de la tarde aun con la luz del sol. Y comenzó su recuento. Venía por la avenida más importante de la ciudad. Le entró un mensaje a su celular. Con una mano en el volante y otra en su teléfono comenzó a contestar una pregunta cualquiera. Pasó un semáforo y luego otro. En el tercero bajó su mirada unos segundos más y le ganó la luz roja. No se dio cuenta cuando su automóvil se estrelló en un camión. Lo hizo ahora, cuando lo levantaban en vilo para subirlo a la ambulancia.

En el camión. La canción de Marco Antonio Solís retumba en las bocinas con potencia para un estadio. Son las ocho de la mañana y hay pasaje lleno. Es la ruta más antigua de la ciudad. Unos sentados y otros parados. Nadie cede el lugar. Ni a las damas. Ya no hay caballeros, se oye murmurar a una señora. Sólo se escucha la voz lastimera del cantante. El chofer ve por el retrovisor y cuenta a los que traen clavada su mirada en su celular. Es una rutina con la que mata su tedio de la misma ruta de todos los días. Pero son tantos que pierde la cuenta. Invierte la observación y cuenta a los que no traen. Son seis. Y al camión le caben cuarenta.

En el cine. Ha comenzado la función. Se apagan las luces y se encienden los celulares. Parecen luciérnagas. La película comienza por fin. Es de acción. Eso no impide que varios que pagaron por entrar ahora estén frente a otra pantalla: esa pequeña pantalla que a todas horas se adueña de su vida.

[email protected] twitter: @guadalupe2003