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Los hijodalgos

De entrada le escribo que me parece perfectamente improcedente, aunque alguna ley torpe lo permitiese, que no es el caso, que los diputados que renuncien a su partido cedan su curul al suplente y que no integren una bancada independiente.

Esa ley torpe no existe, pero la diputada local Rebeca Clouthier quiere que tal omisión deje de serlo.

La legisladora panista ha presentado a sus colegas una iniciativa que modifica el artículo 42 de la Ley Orgánica del Poder Legislativo, para obligar a los diputados que dejen sus partidos durante su encargo a renunciar también al irrenunciable mandato del electorado, que eligió a una persona, no a un partido.

Desde luego que la proposición de Clouthier tiene dedicatoria por partida doble, lo que es doblemente malo. Los destinatarios de la curiosa iniciativa son Luis David Ortiz y Jesús Cedillo, ambos diputados a la actual legislatura local de Nuevo León que, inconformes por el rumbo seguido por el PAN, renunciaron a su membresía y constituyeron de hecho una bancada independiente.

Para el PAN ha sido especialmente dolorosa esta escisión, pues la fuga de los dos diputados torpedeó, quizás sin esa intención expresa por parte de ellos, la supremacía numérica que tenía el blanquiazul, al hacer eventualmente acumulables en la cuenta del tricolor los votos de Ortiz y Cedillo.

Mas ése es uno de los riesgos, tal vez no el mayor, de una democracia.

En contra de lo que argumenta la Diputada Clouthier, el compromiso de aquel que es votado es con el emisor del voto, el elector, y no con el partido que lo patrocinó, sí, pero no graciosamente, sino con la intención de que el funcionario electo, en este caso Luis David Ortiz y Jesús Cedillo, se desempeñaran como representantes de Acción Nacional, no de la ciudadanía a la que, por designio constitucional, representan los Diputados.

Ciertamente también hay riesgos para el otro lado, pues los Diputados en fuga pueden optar por incorporarse, formal o informalmente, a otro partido, estableciendo alianzas en temas específicos o, de plano, convirtiéndose en miembros regulares del PRI o del PAN o de cualquier otro abanderamiento.

De hecho, siendo panista calado y probado, Luis David fue funcionario del más alto nivel de una Administración priista, la de José Natividad González Parás, en la que estuvo a cargo, sin desdoro y con buenos resultados, de dos carteras diferentes.

El caso es que actualmente los dos diputados han roto con un partido en el que han dejado de creer, en lo que comparten desilusiones con muchos otros mexicanos que veían en Acción Nacional una respuesta a la corrupción priista, respuesta que cada día está más lejana.

Pero más allá de eso, los Diputados se deben al electorado y, más directamente, a los ciudadanos de sus distritos, incluidos los que no votaron por ellos.

Su relación dependiente con el partido que los patrocinó -porque quiso- concluye con la asunción al cargo y allí empieza una relación única con el pueblo, que no elige partidos, elige candidatos.

El tiempo es quisquilloso, como hubiera dicho Macedonio Fernández. Luis David renunció al PAN, como su padre, Jorge Eugenio Ortiz, lo hizo hace poco más de 20 años, decepcionado de un partido corrompido por el acceso al poder.

Jorge Eugenio fue uno de los más sólidos pilares originales de Acción Nacional, desde donde fue un auténtico revolucionario, lo que coronó con su renuncia a un blanquiazul que no estuvo a la altura de su tiempo.

Hoy Rebeca Clouthier, hija también de la historia de Acción Nacional, hija de Manuel Clouthier, revolucionario por excelencia, le niega a otro "hijodalgo", Luis David Ortiz, el derecho natural y genéticamente heredado de ser revolucionario. Como lo fue el "Maquío" que, de haber estado vivo, seguramente hubiera renunciado al PAN junto con Jorge Eugenio Ortiz en 1992, aunque su hija le inventara una ley de lealtades imposibles.

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