Opinión

Los niños no tienen voz

SAPIENZA

Por: Emmanuel

¿No es preferible que un niño viva con dos padres del mismo sexo que le aman, a que viva en un hogar abusivo? La pregunta no es del todo equitativa, porque se comparan dos situaciones distintas. (¿Qué si los abusivos fueran los homosexuales?) De entrada, se supone que la pareja homosexual tiene mejor trato que la pareja heterosexual, lo que generalmente no es el caso. Las estadísticas así lo muestran. La violencia doméstica entre parejas de hombres es casi el doble que entre las parejas heterosexuales. El abuso físico, emocional, verbal y sicológico es más frecuente entre parejas de mujeres que entre las parejas heterosexuales. Las mujeres lesbianas son más propensas al alcoholismo que las heterosexuales; el caso es similar entre los homosexuales; y la promiscuidad es mucho mayor entre ellos. Por increíble que parezca, el número de parejas que intercambian algunos homosexuales pueden llegar a contarse por los cientos. Las investigaciones demuestran que el abuso infantil es menor entre los niños que viven con sus padres biológicos que entre los que han sido adoptados o viven con un padre o tutor no biológico. Si los niños viven con dos padres del mismo sexo, significa que al menos uno de ellos (o los dos) no será el padre o la madre biológica y, por lo tanto, se aumenta el riesgo de abuso infantil. Habría que considerar además que las enfermedades mentales son mucho más frecuentes entre homosexuales, lesbianas y bisexuales. Son más propensas a la depresión, ansiedad y suicidio. La mayor incidencia de estos desórdenes sociales y patologías mentales es consecuencia de la inconformidad de estas personas con su condición sexual. Muchos de ellos desean otra opción, pero la propaganda impulsada por el movimiento político homosexual les ha hecho creer que no es posible cambiar y se ha tratado de silenciar los datos que hablan en contrario, pero sí es posible cambiar. Visto lo anterior, cualquier niño está mejor en un hogar heterosexual. A riesgo de ser etiquetados como intolerantes —sí, pero intolerantes a la indulgencia sexual que algunos quieren llamar tolerancia— es necesario hablar en representación de aquellos que se verán afectados negativamente con esta degeneración, aquellos que no tienen voz en nuestra sociedad: los niños.