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Los partidos a pique

GUASAVE

La anodinez y las luchas por las parcelas de poder en las que se revuelcan las privilegiadas dirigencias de los partidos políticos, pateando lo elemental de su ética y líneas ideológicas, los tiene sumidos en un profundo descrédito.

No es la idea particularizar la crítica, porque a la (dirigencia) que le ponga la mano, no tiene más propósito que hacer de los partidos políticos sus feudos con el único y exclusivo fin de usufructuarlos en función de los intereses de grupo o personales.

Sin embargo creo que en el PAN a nivel nacional y en el pueblerino PRI local, donde están en puerta los relevos o reelección de Gustavo Madero, dan cátedra sobre el tema.

No es novedad desde luego que desde las de mayor influencia hasta la de menor peso de esta clase de entidades públicas, estén ayunas de la sensibilidad social que tendría que ser esencialmente el sustento de su existencia en el ambiente político.

Ciertamente la aspiración de cualquier partido tiene el legítimo objetivo de alcanzar el control de los gobiernos, pero el caso es que sus esfuerzos se centran y limitan a la lucha del poder por el poder y no con ánimo de ejercerlo como el arte de conducirlos para el beneficio común.

La gente que opera los partidos y las camarillas que se mueven alrededor, la avidez por satisfacer ambiciones íntimas que nada tienen que ver con sus principios doctrinarios, ya ni siquiera se preocupan por disimular y desbordan sus intenciones hacia el exterior con un cinismo que raya en la desfachatez.

Extraviados en la urdimbre de ambiciones inconfesables, los partidos y quienes forman sus estructuras no quieren darse cuenta que cada vez más crece la resistencia de la sociedad a creer en sus postulados ideológicos, porque también es cada vez mayor el descaro con el que enseñan las tramas para complacer la avaricia política que los mueve.

Entonces ante la obviedad, por no decir descarnado de las intenciones partidistas con las que se conducen sin excepción, es que se han deslizado en el tobogán de la vacilación, suspicacia y hechos comprobados de la ciudadanía, que ya empezó a negar la seriedad y honestidad de aquellos que de buena fama gozan de convenencieros, mediocres y codiciosos.

Ejemplos palmarios lo constituyen sin duda, las elecciones, primero en el 2010 de Mario López Valdez, y apenas el año pasado de Armando Leyson, que aún siendo deslindados priistas de origen, sus triunfos fueron fincados en su calidad de figuras ciudadanas y no en el panismo, cuya única aportación estribó en prestar sus siglas.

Precisamente aprovechando esa coyuntura que los propios partidos políticos han propiciado, seguramente es que a partir de las próximas elecciones estén tal vez surgiendo o proliferando figuras con perfiles ciudadanos.

En ese sentido quizá no falte mucho para que terminen por desplazar a los institutos políticos del ánimo social y se conviertan, como lo fueron en su momento López Valdez y Leyson, en fuerza motor para impulsar las motivaciones de la colectividad.

Si al darles su apoyo en las urnas los votantes se equivocaron o acertaron en la decisión, eso apenas se podrá ir midiendo a medida que transcurran las gestiones correspondientes y que en el caso del gobernador ya empiezan a asomar algunos indicios de cuál será el juicio final.

De hecho habría que admitir que en los últimos años la sociedad sinaloense se mueve muy inquieta al no estar encontrando ni en los gobiernos ni en los partidos políticos un liderazgo que la conduzca en la búsqueda de la solución a sus problemas.