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Los pecados de Dilma y su padrino

PORTARRETRATO

El expresidente de Brasil, Luis Inazio Lula da Silva, en una acción de exasperación por la mala prensa que estaba recibiendo su protegida Dilma Rousseff, sacó al líder que hacía lustros no se veía, el misógino –comparó al ministro de Hacienda brasileño con una "esposa" que sólo quiere no gastar nada para explicar la falta de inversión pública–, y el arrogante y soberbio –al asegurar que en todo, México era inferior a Brasil–. Sus dichos, en un foro en Porto Alegre hace dos viernes, desencadenaron reacciones. Del ministro de Hacienda, por lo que Lula tuvo que aclarar que la prensa mal interpretó mal una broma, y de México, desde donde le reventaron con datos sus conclusiones determinantes.

Lula está muy preocupado por lo que sucede con la imagen de Brasil ante el mundo, proyectada en su máximo esplendor de ineficiencia y corrupción por la organización de la Copa Mundial de Futbol, después de años y cientos de millones de dólares que les ha salido construirla. Sólo la presidencia de la Organización Mundial de Comercio les costó el año pasado 900 millones de dólares en condonaciones de deuda para países africanos que una semana después de ese favor, votaron por el candidato brasileño al cargo, por citar uno de los ejemplos recientes más notables. Pero está más preocupado porque en estos días mundialistas, Rousseff se juega también la reelección presidencial.

Rousseff es la continuación de su proyecto político, toda vez que sus deseos por buscar en 2014 una vez más la Presidencia, se diluyeron ante sus problemas de salud –cáncer– y el debilitamiento de la vieja alianza de una treintena de partidos que lo llevaron al poder y tuvieron aún la fuerza para impulsar a su delfín al Palacio de Planalto. La coalición gobernante está fracturada principalmente porque dentro de su partido –y el de Lula–, de los Trabajadores, la desilusión con ellos se ha venido incrementando. Desde que Lula fue presidente, el ala de izquierda sólida que trabajó desde los años de la dictadura por la democracia y un programa de gobierno que reivindicara su ideología se empezó a alejar por haber traicionado sus principios programáticos y ser más susceptible a los deseos del capital, su enemigo histórico.

Lula se convirtió en la gran figura mundial de los países emergentes porque al continuar el legado económico de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, el verdadero arquitecto del milagro económico brasileño, y hacer a un lado su ideología, sus compromisos políticos y sus alianzas electorales para cambiar lo que había prometido en campaña y casarse con el capital privado, respondió a las expectativas de los inversionistas. Rousseff, que no era su delfín, se convirtió en su heredera natural tras los escándalos de corrupción en los que se vio involucrado su jefe de gabinete, José Dirceu, que tuvo que renunciar cuando se descubrió que era la pieza central en el llamado escándalo del mensalão, que eran igualas mensuales a diputados de oposición para que votaran a favor las reformas propuestas por Lula.

Rousseff remplazó a Dirceu en la casa presidencial y desde ahí continuó con el proyecto político y económico de Lula, que continuó fortaleciendo a Brasil y agudizando las contradicciones sociales con las clases más desprotegidas. La política social brasileña –inspirada en sus capítulos más exitosos por el exsubsecretario de Hacienda mexicano Santiago Levy y su programa Oportunidades–, mostró sus limitaciones con el Mundial de Futbol por razones endémicas en la política brasileña: la corrupción.

De las 70 obras de infraestructura que prometió Lula hacer en el país cuando le otorgaron la sede mundialista, apenas se hicieron tres. Varias ya no se harán jamás y la mayoría no se terminaron o ni siquiera se empezaron. La protesta en las calles brasileñas está enfocada a esa ruptura de promesas y sueños de mejora en el bienestar destrozados. El 32% de los brasileños afirman que no tendrán beneficio económico alguno del mundial y, en reflejo de los dichos de Lula, casi 4 de cada 10 piensan que el espejo del torneo futbolístico dañará la imagen de su país. Tienen razón a decir de las miles de palabras escritas y dichas en el mundo por el desastre brasileño en la organización del mundial que provocó tres multas multimillonarias de la FIFA por incumplimiento y una llamada de atención del Comité Olímpico Internacional porque, a dos años de la Olimpiadas de Río de Janeiro, está viendo que como en el mundial de futbol, las obras no van a ser terminadas a tiempo.

Para lo prometido en el mundial de futbol, los brasileños vieron que un número indeterminado de obras no se concluyeron en tiempo por la cadena de corrupción: los gobiernos municipales no entregaron los permisos de construcción a tiempo para obligar a que no se hicieran licitaciones y fueran adjudicaciones directas. ¿Qué tanto pesa esa red de corrupción política en que Brasil, obligado por la FIFA a ocho estadios únicamente, construyera cuatro más en ciudades donde el futbol es inexistente? El nuevo estadio de Brasilia, que no tiene equipo de primera división, es un ejemplo: costó casi mil millones de dólares, que lo convirtió en el segundo más costoso del mundo, y la adjudicación directa para la obra se le dio a una constructora que hizo grandes contribuciones a campañas electorales.

La corrupción ha ido históricamente de la mano de los gobiernos brasileños de los tiempos posteriores a la dictadura. En 1992 cayó el presidente Fernando Collor de Mello, por un escándalo de corrupción en la empresa petrolera Petrobras, desde donde se tejió una red de corrupción y tráfico de influencias con empresarios que, a cambio de financiamiento político, recibieron. Años antes, José Sarney estuvo involucrado en un escándalo de evasión fiscal y sobornos en licitaciones en los 80's, cuando fue presidente. Lula tuvo su mensalão y Rousseff está involucrada en una nueva investigación en el Congreso por el pago de 500 millones de dólares en 2006 por acciones en una refinería texana, que resultó un pésimo negocio.

El pasado 20 de marzo el ex director de Refinería y Abasto de Petrobras,Paulo Roberto Costa, fue detenido por presunto lavado de dinero, en la llamada "Operación Lavado de Coche" que ya produjo otras 12 capturas, y la caída del vicepresidente del Congreso, que es uno de los líderes del Partido de los Trabajadores. Paralelamente, fiscales en Brasil, Holanda y Estados Unidos están investigando sobre presuntos sobornos de ejecutivos de Petrobras hasta por 100 millones de dólares a la empresa naviera holandesa SBM Offshore NV, por la renta de barcos.

En los tiempos de esos actos ilícitos, Rousseff presidía el Consejo de Administración de Petrobras. Los presidentes brasileños no caen por ser corruptos, como sucedió con Sarney y Collor de Melo, que siguen siendo figuras influyentes en Brasil, o quedan impolutos como Lula y como está sucediendo con Rousseff. Ese no es el problema para ellos, salpicados permanentemente por el tráfico de influencias y la corrupción sin color de partido ni ideología sin que quede mancha eterna sobre sus figuras. El problema, la desesperación de Lula y la exasperación de Rousseff, es la pérdida del poder, que es lo que temen que esta Copa Mundial de Futbol en Brasil galvanice entre el electorado brasileño y le impidan en octubre a la presidenta, reelegirse por cinco años más.

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