Opinión

Los pecados escriben la historia

Cada vez que hablamos mal de alguien o de algo lo hacemos de manera subjetiva  

Por: Oscar Fosados

¿Por qué lo malo es lo que más resalta y de lo que más se habla? Con malo me refiero a cometer errores, fracasar, meterse en problemas, ser sorprendido dando un mal paso, haberse equivocado, no ser del agrado de alguien, no ser aceptado por alguna diferencia, tener defectos físicos, no ser agraciado físicamente, pecar, etc., etc., etc.

Pero también, se habla mal de alguien que hace bien su trabajo, de un jefe que sancionó justificadamente, de una dependencia pública que está cumpliendo con la ley, y en sí de personas y situaciones que nos incomodan o simplemente con las que no estamos de acuerdo, por el motivo que sea, o que utilizamos como excusa o causa de nuestras fallas, fracasos y problemas.

Preponderantemente, cada vez que hablamos mal de alguien o de algo lo hacemos de manera subjetiva y sin tener evidencias claras u objetivas, y menos cuando el objetivo es dañar.

La subjetividad se convierte en un arma nociva y hasta letal cuando un hecho se distorsiona para herir, ofender, lastimar o acabar con la reputación de alguien; y contra esto casi no hay nada que podamos hacer, porque lo subjetivo es parte de una opinión y ésta, de la libertad de expresión.

Sin embargo, cuando los hechos son captados en una fotografía o una grabación, se convierten en algo objetivo muy difícil de contradecir. La subjetividad suele aderezarse con la mentira, la falsedad, el embuste, el chisme o el “yo creo”, “a mi me parece”, “yo pensé”, que después de dicho y afirmado el daño ya está hecho y permanece por tiempo indefinido, quedando la persona con una marca muy difícil de borrar.

El hablar mal de los demás, también es inducido por la envidia o los deseos de hacer quedar mal a alguien para obtener ventaja o beneficios, esto es lo que no ha permitido que vivamos como seres civilizados, porque siempre se está tratando de perjudicar a alguien para pasarle por encima sin importar el daño que se causa. A la gente le gusta hablar más de lo malo de los demás que de lo bueno.

En el trabajo, charlas entre amigos, en las sobremesas, fiestas, los cafés, en todos lados los temas donde se habla mal de alguien son los que sobresalen y mantienen la atención y el interés de los demás, y es que escuchar que alguien no está bien resulta una especie de gozo como respuesta a nuestras propias carencias, debilidades y complejos: nos da gusta que otros la pasen mal, como uno; o que no triunfen, como uno tampoco.

El mundo prospera con muchas dificultades porque la mayoría de la gente habla más de las cosas malas que les pasan, pero casi no hacen nada por aprender de los errores, para entonces hablar de puras cosas buenas.

Vamos por la vida lamentando los pecados que sin querer cometemos, culpando a quien se nos ocurra de lo mal que estamos, ocasionándonos una ceguera que no nos permite ver las cosas buenas que hacemos y lo buenos que realmente somos; pero ser personas buenas que hablan mal de los demás nos convierte en seres incapaces de generar nuestra propia felicidad permanente, destinándonos a vivir con miedos, rencores y con fracasos recurrentes y éxitos esporádicos.

“Los pecados escriben la historia, el bien es silencioso” dijo Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán. Esta frase sigue siendo cierta hasta nuestros días, y creo que más, al grado que pareciera que no sabemos aprender de la historia y menos del silencio, o sea de las cosas buenas.

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