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Opinión

Los sueños que murieron el once de septiembre

El doctor Meade analizó las consecuencias que dejó en América el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York

Por Everard Meade

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Hace 20 años, 2,996 personas fallecieron en una serie de ataques descarados en las Torres Gemelas de Nueva York, el Pentágono de Washington, D.C., y un campo agrícola de Pennsylvania. El ambiente nacional era uno de terror, incredulidad, e incertidumbre.  

Cancelaron clases, eventos y reuniones. Gran parte del país pasamos días enteros pegados a la pantalla, viendo una y otra vez cómo los aviones chocaron con las torres y cómo cayeron después.  Los ataques fueron seguidos por varios atentados más, incluso el envío por correo de paquetes con ántrax a varios políticos y figuras mediáticas, que mató a 5 personas y contagió a 17 más.  

Este fin de semana, hay conmemoraciones de las víctimas por todo el país para recordar el duelo y el sacrificio que representa, es decir todos estos sueños que murieron esa mañana. Pero también tenemos una gran responsabilidad de hablar sobre los otros sueños perdidos, un mundo de esperanzas que toda una generación de jóvenes ya adultos realmente no ha conocido.

Murió el sueño de la paz  

Después de la caída del Muro de Berlín en 1989, un nuevo optimismo surgió en círculos multilaterales. El número de intervenciones de la ONU creció dramáticamente, no todos exitosos, pero sí con una nueva aspiración de representar “la comunidad del mundo,” y un mundo en paz, con respeto a conflictos particulares.  En 2000, establecieron los Objetivos del Desarrollo del Milenio (la primera versión de los Objetivos del Desarrollo Sostenible).  Era nada menos que la normalización de la paz y los derechos humanos, y un nuevo compromiso a la resolución colectiva de los grandes problemas mundiales.

El politólogo Francis Fukuyama describió el momento como el “fin de la historia,” y antropólogos y sociólogos pronosticaron un mundo casi sin fronteras, con la normalización de identidades híbridas y conexiones trasnacionales.

Conservadores clásicos de Estados Unidos como el futuro Vice Presidente y entonces congresista Dick Cheney, aprobaron grandes cortes al presupuesto militar, algo impensable ahora.  Un ambientalista destacado, Al Gore, ganó el voto popular en la elección presidencial 2000, y sólo perdió en el Colegio Electoral después de un fallo de 5 contra 4 en la Suprema Corte.

El ganador, George W. Bush, promotor de un “conservadurismo compasivo,” reconoció los excesos de la Guerra Fría y admitió lo equivocado de nuestras alianzas con dictaduras latinoamericanas en particular.  Prometió “una nación humilde,” comprometida más a prosperidad y la solución de grandes problemas como la SIDA, que la dominación militar y geopolítica. 

Todos sabemos lo que siguió después del once de septiembre – veinte años de guerra, nuevas alianzas con dictaduras, tortura normalizada, ejecuciones extrajudiciales por todo el mundo, y el surgimiento global de un populismo etnonacionalista.  

Era nada menos que la normalización de la guerra.

Murió el sueño de una frontera amistosa

Tal vez el impacto más grande era aquí, en la frontera con México. Desde su campaña primaria, el presidente Bush había campeonado una relación más estrecha y amistosa con México y el resto de las Américas.  Él declaró que la relación con nuestro vecino del sur era la más importante de todas las relaciones internacionales.  

Bush abogó por una reforma migratoria que incluiría visas temporales para trabajadores agrícolas, pero también un camino hacia la ciudadanía para los millones de migrantes indocumentados ya adentro de los Estados Unidos, la mayoría mexicanos.  Más importante, Bush conceptualizó a la reforma migratoria no solo como cuestión de política doméstica, sino como una cuestión binacional, un reconocimiento de las causas y consecuencias de la migración que nunca habíamos tenido antes y que todavía no tenemos hoy.  

El sendero político era complicado, sin duda, pero las administraciones de Bush y Fox abrieron negociaciones, y acordaron un esquema general para una reforma migratoria el 6 de septiembre de 2001.  Programaron otra reunión para formalizar un acuerdo binacional.  La cita era para el 12 de septiembre.

Cuando por fin se reunieron meses después, el acuerdo migratorio no figuraba en la agenda. El Acto de la Seguridad Nacional (2002) expandió el reforzamiento de la frontera, y puso todo el sistema migratorio bajo el rubro de la seguridad nacional.  Los abogados que representan a inmigrantes y refugiados tienen que hacer solicitudes bajo el Acta de la Libertad de Información para obtener los expedientes de sus propios clientes, los detenidos pueden permanecerse casi incomunicados por tiempos indeterminados, los juicios y procedimientos están cerrados al público y la prensa, y cualquiera información sobre amenazas tangibles queda secreta.  

En lugar de sueño de la frontera amistosa, tenemos una frontera hostil. 

Murió el sueño de la verdad

La falta de transparencia ha nutrido una explosión de desinformación sobre la frontera. Desde que la Comisión Investigadora del Once de Septiembre levantó el espectro de agentes de Al Qaeda entrando a hurtadillas a los Estados Unidos por México, periodistas han rastreado rumores relacionados, incluyendo el supuesto contrabando de armas químicas, colaboraciones entre terroristas y narcotraficantes, y la presencia de operativos del Estado Islámico y campos de entrenamiento de terroristas en el norte de México.  Ninguno de estos rumores ha dado resultado.  Pero la opacidad oficial los hace muy difícil de desmentir definitivamente.

Agentes de la Patrulla Fronteriza y su sindicato filtran rumores a comentaristas, políticos, y medios alternativos, y ellos alegan que los migrantes son pandilleros, drogadictos, agentes de fraude electoral, portadores de enfermedades contagiosas, etc. Los mitos son cada vez más incendiarios e infundados, y la furia en contra de todo experto o autoridad que intenta desmontarlos cada vez más rabiosa.  Pero el abono político es obvio.  En 2016, el sindicato de los agentes de la Patrulla Fronteriza respaldó oficialmente a Trump en la campaña presidencial, quebrando con una tradición de 50 años de ser no partidarios. 

El muro-manía y todo lo que representa nos dejó totalmente vulnerables la desinformación y los grandes obstáculos sociales a la resolución de la crisis sanitaria.  Es un costo que se mide en vidas.

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A veinte años de los ataques del once de septiembre, ya es tiempo de revivir estos sueños de la paz, de la frontera amistosa, y de la verdad.  Fueron productos de generaciones de lucha, en lugar de un momento de pánico.  No hay mejor manera de honrar a los que perdieron sus sueños personales que sembrar vida y esperanza en lugar de muerte y odio.  El primer paso es recordar a los jóvenes y otras más que ya existió otro sendero.

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