Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

Los tiempos de hoy no son como los de antes

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

Hablando de la educación de los hijos, es muy común escuchar hoy en día a personas adultas decir que los tiempos de antes son muy diferentes de los tiempos actuales, y cómo ahora se tienen "demasiadas" consideraciones con los niños, cuando antes "con una mirada" nuestros papás nos mandaban. Se compara la forma en que los padres educaban antes y cómo lo hacen ahora: "Ahora no quieren traumar a los niños; antes, con una nalgada teníamos para entender"; "Ahora resulta que tenemos que preguntarles lo que quieren, ¡antes nos ordenaban y ya!"; "Ahora los papás se toman el tiempo cuando un niño llora, y antes con un manazo en la boca dejábamos de llorar"... y muchos comentarios como estos. Y, para complementar, está siempre el consabido comentario: "Y ya ves, ¡nada nos pasó! No nos traumamos". La verdad, no sé qué pensar de todo esto, pues no alcanzo a comprender cómo es que podría determinarse lo que es una persona "traumada", desde esa perspectiva. El trauma de la represión emocional, del abuso de autoridad, del abuso físico y verbal, se manifiesta de muchas maneras, y no siempre son visibles. Así pues, el tema de la forma de educar con el uso de la autoridad y la falta de atención a las necesidades básicas de los niños, en contraste con las formas de una crianza respetuosa, sustentada en la sicología moderna, resulta un tema de grandes controversias. Lo que es sabido es que cada vez vemos que los comportamientos humanos son cada vez más alejados del respeto interpersonal, de la salud física y emocional, de la armonía y la paz social. Los conflictos entre las personas son cada vez más abundantes y con un nivel más elevado de conflicto. La forma en que se pretende resolver los conflictos llega hasta la declaratoria de guerra. Los atentados, los abusos y la violencia han aumentado en tasas alarmantes. Las personas cada vez se ven más preocupadas por su salud física y emocional; y el estrés es un elemento de mayor presencia en las familias y en la vida personal de sus miembros. De manera que no es fácil determinar que la educación "de antes" fuera mejor que la de ahora. De manera muy personal, quiero destacar dos puntos importantes que contribuyen a la formación de personas: el respeto por su SER y el respeto por su SENTIR. Es decir, en la medida en que se respeta el SER de cada persona y lo reconoce como alguien ÚNICO que merece respeto y atención a sus necesidades (sobre todo cuando son niños y dependen totalmente de los adultos que los cuidan); y en la medida en que se considera que lo que sienten SE VALE SENTIRLO, porque somos seres emocionales y venimos a este mundo equipados con emociones que están a nuestro servicio. En esa medida estaremos contribuyendo a la mejor formación de personas libres de "traumas", libres de represiones y con una conciencia de valía y una alta autoestima. Cuando a un niño se le lanza una mirada que provoca que cambie su conducta, porque le genera vergüenza o culpa por lo que hace, estamos promoviendo que el niño cambie su conducta, sí, pero con el alto precio que se paga al ser avergonzado, o bien, al interiorizar una culpa tóxica. Si al niño, en cambio, se le invita a cambiar su conducta mediante un mensaje que no necesariamente esté exento de culpa o vergüenza, ya que en pequeña dosis pueden ser saludables, el niño aprenderá no solamente a cambiar su conducta, sino también recibirá el regalo de sentirse respetado, no avergonzado, no culpado con intención. Esto reforzará su valía, que es el corazón de la autoestima. La vergüenza y la culpa no son lo mismo. En términos muy sencillos de comprender, la vergüenza se genera cuando el niño se siente malo, y se provoca cuando se ha señalado o criticado al niño, en lugar de señalar su conducta. En tanto que la culpa se genera cuando el niño se da cuenta que su conducta ha sido inadecuada, es decir, no es él quien está mal, sino su conducta; y esto se provoca cuando se señala al niño la desilusión que su conducta ocasiona en los padres. Una vergüenza saludable es aquella que me impide hacer algo, una culpa saludable es la que se genera cuando ya lo hice y puedo pedir una disculpa o reparar un daño. Pero provocar vergüenza y culpa de manera insana, mediante las etiquetas y los señalamientos al niño, a su persona, y no a sus conductas, es verdaderamente lamentable.