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Lugar común

PISTA DE DESPEGUE

Que la violencia es algo común en el cine, no es secreto. Desde sus inicios, le ha tocado ser tema y contexto por igual. Basta recordar aquella añeja vista realizada por Alfred Clark, La ejecución de Mary, reina de los escoceses de 1895. En menos de un minuto vemos cómo un evento histórico es recreado con tal detalle que hasta queda la leyenda de que muchos de los espectadores se desmayaron luego de ver, en plano general, a un verdugo cortándole la cabeza a una mujer con un hacha.

Sí, claro, también podríamos recordar que cuando los hermanos Lumière presentaron el cinematógrafo, varios espectadores abandonaron la sala corriendo al pensar que una locomotora se les venía encima. Y qué decir del hecho de que en la referida película de Clark, la reina Mary no fue representada por una actriz, sino por un actor llamado: Robert Thomae.

Ese es el encanto del cine. Por eso, siempre es buena noticia el descubrir cintas como Un toque de pecado (2013, China) de Jia Zhangke, película conformada por cuatro historias desarrolladas en cuatro provincias, en las que la violencia sirve como esa incómoda lupa con la que se maximiza las grietas qué se han producido en la gran muralla tras la entrada de China a las dinámicas del capitalismo.

Un toque de pecado se vale de cuatro personajes de la clase obrera que emplean la violencia como una forma de hacerle frente al derrumbe de sus creencias y tradiciones. Cada historia está parcialmente basada en un hecho real: un minero se queda sin trabajo y decide cargar su vieja escopeta en contra del adinerado y corrupto líder de su poblado; un joven que realiza trabajos eventuales, lleva su gusto por las armas y la vida sin reglas a un peligroso nuevo nivel; la dependiente de un sauna con un mal día decide ponerle un hasta aquí a un cliente que pretende pasarse de listo; un joven que se mata trabajando para mantener a su familia, voluntariamente se enreda en una espiral de juegos de poder y control en los que toda esperanza está negada.

Que el título de la película haga referencia a una de las más conocidas cintas de artes marciales de los setenta, Un toque de Zen de King Hu (1971), no es gratuito. Sin duda Jia busca marcar la diferencia entre la forma en la que se planteaba la violencia entonces y ahora: de ser la herramienta por la que el héroe lograba poner en orden al mundo, pero que nunca la usaba o para cubrirse de gloria ni imponer sus deseos, al medio por el que el enojado y rencoroszo contrabandea el caos que al final logrará dominarlo todo.

Y a pesar de todo lo anterior, Un toque de pecado tiene otro aspecto notable: en ningún momento se siente que Jia cargue los dados que determinarán el destino de sus personajes buscando patentar alguna idea en especial. Es ahí donde tiene sentido su ancla con la realidad china. Que todas sus historias salieran de los titulares de la prensa simplemente resalta la necesidad de que alguien, quien quiera que sea, necesitaba hacer la crónica sobre esos temas.

En la presentación de la cinta en el festival de Cannes, Jia dijo que: … más que cualquier cosa, pienso que el silencio es un pecado. Un toque de pecado queda, pues, como ese grito necesario que asienta que en la actual lucha del individuo contra el todo dominante y corruptor, esa que antes prodigaba tan bellos e imperecederos relatos de heroísmo, ya no se agota en el ganar una batalla o una guerra. Lo que está en juego es aquello que nos hace humanos. Y que una película tan políticamente incorrecta lograra estrenarse en las carteleras chinas sin ser censurada o vetada, vaya que significa algo.

@duendecallejero