Opinión

Rocha, Feliciano y la catástrofe de Graciela Domínguez

EL ANCLA

Por  Luis Enrique Ramírez

A más de veinte años de una relación con obvios rasgos de codependencia, la única solución para que la diputada Graciela Domínguez logre superar el desastre político que la hunde con alarmante celeridad sería deslindarse de su Pigmalión, Feliciano Castro Meléndrez. Llegó el momento de reinventarse o desaparecer políticamente. 

Allá, a finales de los años 90, siendo Feliciano presidente estatal del PRD, tuvo el acierto de descubrir el talento de aquella joven, casi adolescente, a quien todos llamaban «Gracielita» o «Chelita». La nombró consejera estatal, delegada nacional e integrante del comité municipal, además de líder de facto de las juventudes perredistas. 

Domínguez creció de modo tan asombroso que los diminutivos quedaron en el olvido. Se tituló como licenciada en Sociología en la UAS y se dedicó a la docencia, pero nunca abandonó el activismo social. Escribió un libro sobre la lucha de los afectados por la presa Picachos y, a partir del 2004, cuando Feliciano fue diputado y coordinador de la bancada perredista, Graciela se integró a su equipo como principal asesora y coordinadora de Vinculación. 

Para la siguiente legislatura, en 2007, Feliciano le heredó su curul y la coordinación del grupo parlamentario. Graciela cumplió con creces: su trabajo legislativo resultó memorable.

Todo lo logrado en dos décadas se ha caído a pedazos en menos de ocho meses, desde que en octubre se erigió en presidenta de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado y coordinadora del grupo de Morena. En ambos cargos ha ido de fracaso en fracaso. Nunca una bancada de diputados estuvo tan dividida como la que ella encabeza. Su liderazgo es inexistente. 

Como presidenta de la Jucopo ha puesto de manifiesto su absoluta incapacidad para el diálogo; actúa como enemiga de los consensos y los acuerdos, esencia del trabajo parlamentario. 

Su devastación política la conduce a cometer cada vez más errores. El martes, por ejemplo, resultó inapropiada su manera de hablarle al rector de la UAS, que comedidamente visitó el recinto legislativo; aunque Juan Eulogio Guerra Liera mantuvo la educación y la calma, Domínguez le echó en cara que se señale al Congreso de atentar contra la autonomía de la UAS, vía una iniciativa que ya está en proceso de dictamen. Más tarde, quizá al reconocer su error, envió un boletín donde suavizó su lenguaje. Pero lo que le dijo al rector allí está, en las publicaciones de la prensa. 

Debe ser muy difícil para Graciela Domínguez cumplir con la tarea que su jefe político Feliciano Castro Meléndrez le ha asignado como alfil del senador Rubén Rocha Moya en su proyecto para 2021. Un papel indigno para su investidura como máxima autoridad del Poder Legislativo del estado. 

La carga es descomunal: queda totalmente en ella y en el secretario general del Congreso, José Antonio Ríos Rojo. Porque Feliciano está en CDMX y debe atender los asuntos de Rocha como jefe de oficina. Es decir, hacerle el trabajo como senador. Para nadie es un secreto que Rubén Rocha Moya es un hombre de gran inteligencia, pero poco dado a trabajar; prefiere delegar tareas, mientras él dedica su tiempo a leer o a convivir con sus nietos, rasgo de personalidad nada alentador para la cabeza de un proyecto para gobernar el estado.

Él hecho es que, en esta historia, la peor parte la lleva Graciela Domínguez. A menos que se deslinde de Feliciano Castro Meléndrez, su caída se dará más pronto que tarde. El círculo vicioso en el que se halla atrapada debilita cada día más su buen juicio y, por el contrario, insiste en ganarse enemigos, como si le faltaran. Su colapso político ya parece inevitable.