Opinión

La narcocultura, revisitada

EL ANCLA

Por  Luis Enrique Ramírez

Foto temática(AP)

Foto temática | AP

Hay quien afirma que la violencia en Sinaloa tiene explicaciones genéticas, pues aquí habitaron algunas de las más aguerridas tribus indígenas que causaron serios reveses a los conquistadores españoles.

El sinaloense tiene fama de directo y de «hablar fuerte», pero esto no tiene que ver con lo que se vive hoy en día. Un pueblo caracterizado por su carácter emprendedor se ve, de pronto, siendo a la vez cuna de los mayores capos de la droga.

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La historia del narcotráfico continúa sin ser abordada por la antropología social, para entenderla a cabalidad. Ya lo decíamos en nuestro anterior artículo: averiguar demasiado sobre este tema puede representar un peligro mortal, de modo tal que la historia más precisa sobre el desarrollo de esta actividad se encuentre en los corridos de narcotraficantes. Apunta Luis Astorga en su libro Mitología del narcotraficante en México:

«Los corridos de traficantes son solo una parte de un universo simbólico que crea y recrea las visiones éticas y estéticas de ciertos grupos sociales, no necesariamente relacionados con el tráfico de drogas. Escucharlos no convierte automáticamente a quien lo hace en creyente y practicante de la filosofía que allí se expresa: solo convencen a los convertidos… El gusto por los corridos de traficantes está fundado en la realidad, se ha convertido en signo de identidad y expresión emblemática en algunos grupos sociales».

De acuerdo con el estudio «Cultura y violencia en Sinaloa: una función psicosocial», de Isaac Tomás Guevara Martínez, de la Facultad de Psicología de la UAS, la percepción social en torno a la violencia entre los ciudadanos se da a través de tres formas: la denuncia, como un mecanismo coloquial que llama la atención sobre los hechos y los declara ilegales o perniciosos; la anecdótica, que contribuye a la creación de rumores mediante formas de comunicación oral; y la periodística. Según Guevara Martínez, el propósito de esta última, «no necesariamente consciente, es el de magnificar y/o generalizar la violencia, su función es informar, pero no explicar, y tiende, en la mayoría de las ocasiones de manera deliberada, a llamar la atención sobre las estrategias de quienes están encargados de la seguridad, de su capacidad o incapacidad, de su eficiencia o ineficiencia, la base de sus generalizaciones son los estereotipos y en muchas ocasiones los prejuicios».

Un examen autocrítico tendría que conducirnos a dar algo de razón a este juicio, y, por lo menos, poner las barbas a remojar.

En «El narcotráfico como tensión ética en Sinaloa», Juan Carlos Ayala Barrón expone una conclusión preocupante:

«Hay una secuela de la violencia que afecta la vida pública y los niveles más íntimos de los sinaloenses. Es una violencia que genera angustia y desconfianza, dos conceptos que son parte de la vida cotidiana de las sociedades modernas a las que hoy se acepta como sociedades de riesgo. La violencia te da un espacio en la vida social. Esta ya es una característica propia de la sociedad sinaloense. La violencia te abre espacios que antes no tenías. Es un medio para tensar la identidad cultural».

Son ya por lo menos cinco las generaciones de sinaloenses que han nacido y crecido con la narcocultura como abrumador marco de referencia: niños, jóvenes y adultos entre quienes se afianza cada vez más la idea de que mundo y violencia son la misma cosa, y que traficar, delinquir y morir «carraqueado» constituyen actos de heroísmo.

Al final de cuentas, el narcotráfico no es causa, sino efecto. La causa es la violencia o, más bien, el culto a la violencia. Ya no son solo los corridos, son películas, teleseries, libros y toda clase de artículos, una forma de vida que corre hoy el peligro de volverse emblemática de nuestro estado.

Nunca como ahora los medios de comunicación hemos tenido mayor responsabilidad. El regreso a los valores esenciales se antoja imposible en el actual estado de cosas, y, sin embargo, somos los periodistas quienes contamos con los instrumentos para hacerlo. Tenemos la voz y la visión objetiva que nos da el oficio.

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