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Magisterio

EDUCACIÓN, HOY

El maestro no nace, se hace. Cualquier ser humano con cierto nivel de preparación profesional se puede parar frente a un grupo de niños o jóvenes a transmitir un conocimiento específico y cobrar por ello, pero eso no lo hace ser un maestro aunque lo llamen así por convencionalismo social. Cualquier persona con cierto perfil universitario y determinado nivel de necesidad y de temeridad, puede hacerse responsable por la vía de los hechos de la vida y destino temporal de un puñado de alumnos y, sin embargo, tampoco puede ser considerado maestro. ¿Quién puede en particular ser un digno merecedor de ese título? ¿Cómo identificamos entonces a un verdadero maestro? Hay un rasgo esencial que caracteriza esa noble profesión y se llama pasión por servir y apoyar a cualquiera para crecer como ser humano. Por eso, desgraciadamente, hay pocos maestros y muchos candidatos a serlo. En los últimos veinte años se han invertido millones en la profesionalización del magisterio pero hasta este día los resultados de esa inversión de dinero público no ha generado resultados visibles de aprovechamiento que impacten en el tejido social como se esperaba. Se ha favorecido con esos recursos a una élite y se fomentó una cultura aspiracioncita en el grueso del sector magisterial pero no se ha logrado que el maestro sea mejor maestro, el alumno mejor alumno y el padre de familia más padre de familia en el sector social más vulnerable de la población. Seguimos siendo testigos de cómo el analfabetismo funcional se multiplicó entre niños y jóvenes porque los padres también cayeron derrotados ante el embrujo del entretenimiento, la frivolidad y el consumo. Los maestros siempre hacen falta en cualquier parte; los buenos maestros, esos que son capaces de acompañar al alumno en todo el proceso de convertirse en seres humanos íntegros y cabales, son los que ahora hacen más falta que nunca. VALE.

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