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Opinión

Antídoto

EDUCACIÓN, HOY

Por Marcos Miranda Gil

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Recordar solamente lo malo tiene su propio nombre técnico. Recordar solo lo bueno no requiere conceptos o definiciones pulidas o brillantes… eso se llama ser inteligente. Cuando la ingenuidad abunda se considera que recordando todo lo vivido se llega a la experiencia y, sin embargo, para que en realidad esto suceda, hace falta la aplicación de lo experimentado, pues de no ser así, los recuerdos se convierten en fotos viejas e inservibles testimoniales de una época irreal y alterada por la interpretación del sujeto y del momento en que se está observando.

El peso de los recuerdos depende de los beneficios o perjuicios obtenidos… y del nivel de gratitud o ingratitud que tengamos hacia nuestra propia historia de vida y la de nuestras familias de origen. Hay recuerdos maravillosos, pero también indeseables… hay formas dulces o amargas de recordar; recuerdos tristes o alegres dignos de comentarse o de reservarse y, sobre todo, hay historia, mucha historia archivada en todos y cada uno de nosotros y aun cuando en ocasiones mostramos inconformidad por la cara o la huella de un episodio concreto que nos obliga a remitirnos a un hecho pasado particular, siempre habrá un antídoto para ese suceso y no solo un remedio, sino una medicina natural que hace posible sepultar el mal olor de lo insalubre y tóxico de ese ayer.

En la medida en que el recuerdo de lo bueno, noble, genial o glorioso de nuestras vidas tenga más peso e importancia, en esa proporción seguirá reinando la inteligencia y no la necesidad de buscarle nombre a nuestra tendencia a recordar solo lo oscuro.  

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