Opinión

Mario Mendoza

EL ARTE DE NOVELAR
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Por: Élmer Mendoza

en América Latina se ha desarrollado una literatura descarnada que ya enriqueció el gusto del gran público. Una narrativa que es retrato posible y muchas veces involuntario de una realidad, que es difícil concebir que no podamos erradicar; como si nuestra vocación fuera la violencia.

Nuestros países están infectados de una metástasis llamada corrupción y las personas que hemos elegido para superar ese estado no se responsabilizan. Mario Mendoza recrea este territorio narrativo terrible en su novela Lady Masacre, publicada por Planeta, cuya segunda edición apareció en febrero de 2014 en Bogotá, para ser distribuida por el mundo de habla hispana. "Error es conformarse con lo mínimo", señala el autor, y en esto también aplica.

Mario Mendoza, que nació en Bogotá, Colombia, en 1964, saltó a la fama en 2002, cuando su novela Satanás fue reconocida con el premio Biblioteca Breve de Seix Barral, y nos asombró con el tratamiento de la personalidad de un multiasesino. Desde esta novela se posiciona en el universo del delito y refuerza de una vez una corriente que acaba de nacer y que es la que subraya el estado inconveniente en que vivimos donde el peligro es parte de nuestra cotidianidad más rosa. Lady Masacre es una novela negra donde el detective es un experiodista, "maniaco-depresivo, alcohólico y mariguanero ocasional… un bipolar incurable". Rápidamente Mendoza define el contexto donde corre su historia: "los políticos hicieron pactos que los beneficiaron para alcanzar sus curules. Los paramilitares se comprometían a poner los votos en las urnas, y después los políticos se comprometían a apoyar militar y logísticamente a las huestes de ejércitos irregulares que expropiaban a los campesinos, cultivaban y comercializaban toneladas de cocaína…". Desde luego, Lady Masacre es ficción, sin embargo es una ficción que se resiste a perder su categoría de espejo. Frank Molina instala su despacho de detectives y recibe su primer caso: han asesinado a un político y su hermana quiere saber la verdad; no está conforme con las aseveraciones de su cuñada que declara a la policía que murió en un asalto domiciliario de varias puñaladas. El detective inicia por el contexto, interroga a la esposa que lo echa de su casa con alevosía, lo mismo hace el mejor amigo de Ignacio Pombo, el muerto, que incluso ofende al investigador por ser de clase baja. Me recordó el tema de los estratos en Colombia que cuesta creer en un país tan notable. Molina no se desanima, como periodista de nota roja conoce a bastante gente de la policía y de servicios especiales. Así, un forense apodado Serruchito y la jefa de prensa le tenderán la mano; lo mismo hacen Miranda, una masajista que es su chica y Kalimán, un orientador que cree en extraterrestres y que es una caja de sorpresas. Todo marcha perfecto, hasta que Molina cae en un estado agresivo y es internado en una clínica para desquiciados de la que es cliente, en la que conocerá a personajes realmente interesantes.

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Como autor realista, Mario Mendoza no deja fuera el lenguaje popular, ese que suena en las calles bogotanas: combo, que se refiere a un problema; paraco, paramilitar; chuzada, puñalada, golpe; carreta, verborrea; bacán, buen tipo; berraco, bizarro; gallada, la raza; chimbita, joven hermosa y deseable; esfero, una pluma; echar vidrio, vigilar; pestañina, rímel; huevón, creo que no requiere definición. El lenguaje es vida. Cualquier registro manejado correctamente realza el valor de las novelas, y en no pocos casos, son parte fundamental de ellas. Escribir sobre Colombia sin ensalzar, como de muchos países, es difícil. Gabriel García Márquez definió a los colombianos en 1994 como: "Somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental… Al colombiano sin corazón lo pierde el corazón". Esta visión la comparte Mendoza y la desarrolla de una manera suave pero determinante.

Lady Masacre, que debe su nombre a una hermosa mujer dedicada al noble arte de la lucha libre, es una novela dinámica, perfectamente calculada. Cada capítulo es un punto en que Frank Molina debe desenvolverse con acierto porque el mundo del hampa es una 'verraquera' que no perdona. Los pasos que lo llevarán a la solución del caso del político asesinado le dejarán en claro las 'vainas' de las capas sociales de la ciudad donde habita. Hay un culpable zurdo agazapado. Ya me contarán.