Opinión

La polémica de la chancla

A DOS DE TRES

Por  Marisa Pineda

“La chancla, la chancla, la chancla de mi mamá, la chancla, la chancla, la chancla me va a aventar”, tantísimas generaciones protagonizamos un sinnúmero de historias que tuvieron como coestelar a la didáctica chancla. Para madres y abuelas de muchos de nosotros eso de que “la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar” no aplicó, la tiraban con una puntería que envidiaría el más experimentado francotirador y la volvían a levantar para volverla a utilizar las veces que fuera necesario, hasta que uno escarmentara ¡y escarmentaba!

El Congreso del Estado modificó la semana pasada la Ley de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes prohibiendo cualquier tipo de castigo corporal hacia menores, venga de quien venga incluyendo a la madre y al padre. Esa reforma a la fracción octava del artículo 83 de dicha ley, la voz del pueblo la ha bautizado como “Ley Chancla”. El argumento para modificar el referido artículo es que los castigos físicos además de atentar contra la integridad, afectan psicológicamente el desarrollo del menor.

Con tal premisa, muchos de nosotros ya tenemos a quien echarle la culpa de nuestras fallas y razón no faltará, como también muchos tenemos que reconocer que si no hubiera sido por aquellas reprimendas quién sabe qué rumbo hubiéramos agarrado y qué sería de nosotros. “Más vale que lloren y no llorarlos” era una de las justificaciones que seguían al chanclazo.

Cabe aclarar y destacar que no nos estamos refiriendo a que más que corregir reducían la integridad de la niña o del niño a la de un objeto para descargar la ira o la frustración, llegando hasta a matarle o a dejarle marcado de por vida física o psicológicamente, porque esos castigos inhumanos han sido una realidad latente.

A lo que nos referimos acá es a los chanclazos que uno reconocía que se había ganado a pulso al retar la autoridad materna, que eran efectivos más por la sorpresa que por el dolor que podían haber causado. Chanclazos que no pocas veces movían a la carcajada al ver los malabares de la madre al tratar de sacarse el huarache. Chanclazos que no pocas veces al recibirlos se escuchó “me duele más a mí que a ti”.

Ante la chancla no había escapatoria. Si pretendía huir trepando a un árbol o a un techo la advertencia “ya bajarás cuando te de hambre” era garantía de que más mal le iría; si corría era peor, a lo corto la chancla iría directamente a la nalga, convertirse en blanco móvil implicaba que podía caer en cualquier otro lado, pero jamás fallar.

Tiempos traen tiempos y hoy el uso de la chancla como objeto correctivo ha pasado a la historia.

Comentarios y etcétera por favor en adosdetres@hotmail.com En Twitter nos seguimos en @MarisaPineda. Gracias por leer estas líneas, que tenga una semana de modificaciones favorables.