Opinión

Ojo mucho ojo para salvar la democracia

DIVAGACIONES DE LA MANZANA

Por  Martha Chapa

En los primeros días del nuevo año tuve oportunidad de leer un libro que terminó por asombrarme, pues aun cuando apareció publicado en 2018, resultó ser profético respecto a lo que ocurrió en las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos. Esbozo apenas su contenido que es vasto y aleccionador.    

Su título es “Cómo mueren las democracias”: de Steven Levitsky y Daniel Liblatt, ambos profesores en la Universidad de Harvard e investigadores sobre temas alusivos a la democracia, el autoritarismo y los partidos políticos, tanto en ese país como en Latinoamérica, sin descuidar los antecedentes durante el siglo pasado.

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Ya desde las primeras páginas manifiestan su preocupación por los desatinos no sólo de Donald Trump, sino del Partido Republicano que no fue capaz de evaluar las ideas y tendencias de su candidato en ese entonces.    

En el prefacio mismo se preguntan si la democracia estadounidense está en peligro, para contestar afirmativamente por tantos riesgos existentes. También por las serias omisiones del bipartidismo reinante en el sistema político norteamericano.

Muestran su preocupación porque Trump, como lo hemos visto, trata a sus adversarios como enemigos, intimida a la prensa libre y amenaza anticipadamente la validez de los resultados electorales, todos signos populistas de corte antidemocrático, lo cual dicho sea de paso, nos sitúa en un contexto muy similar al gobierno actual del presidente López Obrador.

El capitulado es muy interesante y aleccionador, pues no solamente abarca el análisis de él y la situación de la democracia en Norteamérica, sino que revisa con profundidad lo ocurrido lo mismo en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, o bien otros ejemplos en el continente europeo y desde luego, en el entorno latinoamericano a Chile, cuando gobernaba Salvador Allende, que el caso de Colombia y centralmente, las condiciones que imperan en Venezuela.

A la vez, nos previenen del populismo, tanto de izquierda como de derecha y de los políticos antisistémicos, figuras que suelen afirmar que representan la voz del pueblo, libran una guerra contra élites corruptas y conspiradoras, niegan la legitimidad de los partidos establecidos acusándolos de antidemocráticos o antipatrióticos, y asaltan las instituciones tras de ganar las elecciones. Indicadores que enmarcan clave comportamiento autoritario como: uno, rechazo de las reglas democráticas del juego electoral; dos, negación de la legitimidad de los adversarios políticos, tres, intolerancia o fomento del odio; y cuatro, predisposición a restringir la libertad de civiles incluidos los medios de comunicación. El antídoto, según su opinión, sería en primer lugar mantener aislados a los líderes autoritarios, limitar o hasta expulsar a los extremistas que pueblen sus filas, y eludir toda alianza con partidos y candidatos antidemocráticos. Y así también, que los partidos prodemocráticos aíslen sistemáticamente a los extremistas en lugar de legitimarlos, y cuando los extremistas se postulen y sean contrincantes electorales, los partidos generalistas deben entonces formar un frente común para derrotarlos e incluso en circunstancias excepcionales poner por delante la democracia y al país mismo, respecto a cualquier partido político, y explicar al electorado lo que está en juego.

Concluyen justo con un capítulo que se enuncia de “Cómo salvar la democracia”, donde hacen una serie de recomendaciones lúcidas, oportunas y pertinentes que implican sustancialmente diluir la polarización. Al Partido Republicano, le recomienda entre otras decisiones y acciones urgentes, el de aislar desde ahora a esos radicales que se inscriben a cargos de elección popular con trayectorias que se acercan o inciden en el racismo y el nativismo. En tanto, al partido demócrata, le recomiendan acercarse más al sector obrero constituido por blancos y moderar sus afanes a favor de las minorías, lo cual no significa combatirlas ni negarlas. Pero dejemos que ellos lo expliquen en sus propias palabras: “es preciso reformar el Partido Republicano, si no ya refundarlo desde cero y reconstruir su propio aparato, así como devolver a liderazgo el control sobre cuatro ámbitos claves: las finanzas, la organización de las bases, los mensajes y la selección de candidatos, zafarse de las garras de los donantes externos y los medios, y reconstruir un electorado más diverso o sea que no dependan de su base menguante de cristianos blancos, sin apelar ya al nacionalismo blanco.

Y aún más, por lo que toca los demócratas, sostienen qué si bien no han sido el principal impulsor de la profunda polarización de Estados Unidos, podría contribuir a reducirlo y disminuir ciertos grupos en minoría dentro del partido e impulsar o fortalecer una democracia verdaderamente multiétnica. De ser así tendrían que volver a seducir a la llamada clase obrera blanca, es decir a los votantes blancos sin estudios universitarios, desligarse de políticas de la inmigración indiscriminada y pugnar por iniciativas en contra de la violencia policial

En todo caso, ellos nos dicen, que de ganar (como ocurrió) al partido demócrata se le abriría la oportunidad de asumir como prioridades: el combate a la desigualdad, la reorientación de los programas sociales, la mejora salarial, la recomposición de la economía (entendido también como la solución urgente los problemas de salud, diría yo, pues cuando se escribió este libro no había aparecido aún la terrible pandemia del COVID-19), sin olvidar nunca como lo afirman los dos puntales que sustentan el sistema democrático de ese país: la tolerancia mutua y la contención institucional cuando se tiene el poder.

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