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Más rápido que la polvareda

A DOS DE TRES

¡Arrepiéntanse! Ese era el grito del cual los de A dos de tres nos acordamos el domingo cuando de la nada se presentó el ventarrón que cubrió con una nube de polvo a todo Culiacán y lugares circunvecinos. El fenómeno, del cual los meteorólogos ya informaron que se trató de un "cono de tornado", nos recordó las tolvaneras que más de un pre-digital conocimos de plebe y que las madres y abuelas decían era cosa del diablo, razón por la cual luego de ordenar poner a salvo la ropa de los tendederos (lo primero es lo primero) soltaban el grito ¡Arrepiéntanse!

El fenómeno del domingo, que se ha seguido repitiendo con menor intensidad, sacó del archivo de la memoria las otrora famosas tolvaneras de las que fuimos testigos en la infancia. La cercanía de la Semana Santa anticipaba no sólo el momento para ponerse a dieta para caber en el traje de baño, sino la etapa en la que había de estar muy atento para ser más rápido que la polvareda.

En el Culiacán de entonces todavía se acostumbraba que al caer la tarde se mandaba a los plebes a barrer la banqueta, rociarla y dejarla lista para sacar las poltronas y ponerse a practicar eso que hoy en día va cayendo en desuso: la plática. El escenario se preparaba en cuanto empezaba a caer el sol; sin embargo podía ser atrofiado por aquellos remolinos que levantaban todo el polvo a su paso y, dependiendo de su intensidad, podían desprender láminas, anuncios y objetos más pesados aún.

En aquel tiempo ni que hablar de tornados. Divisaba uno el remolino y ¡a correr se ha dicho! A ponerse a salvo de no quedar polveado hasta en las pestañas. A la vez de poner el físico en resguardo había que alertar que ahí venía el remolino, apresurarse a asegurar puertas y ventanas y a proteger todo aquello que pudiera salir volando.

No había cosa que diera más coraje que haber limpiado muy bien la casa y que en segundos esta quedara como si no se hubiera habitado en meses a causa de la polvareda; o que el tendedero estuviera repleto de ropa lavada (y a mano, porque las lavadoras automáticas no eran tan populares, al menos no en mi barrio) que quedaba lodosa tras el paso del remolino. O ¡peor aún! Lodosa y que hubiera volado hasta un patio vecino para así dar pie a que al siguiente día, en la fila de las tortillas o en la tienda (las más eficaces redes sociales de entonces) se comentara la precaria situación de los trapos de los vecinos o, más feo aún, que se tratara de alguna prenda íntima rota o mal remendada.

En aquel Culiacán romántico y supersticioso, ajeno al calentamiento global y sus síntomas, los remolinos no eran provocados por cuestiones climáticas sino por el diablo. Sí, así de fácil: donde se formaba el remolino estaba el diablo y los daños que ocasionaba el fenómeno era porque la gente (entendiéndose por la gente los demás, no quien hablaba) estaba actuando mal y no se arrepentía de ello. Esas explicaciones esotéricas calaban hondo en la plebada, quienes en cuanto divisábamos un remolino, chico o grande, comenzábamos con el "Ave María purísima".

Sin embargo, lo primero es lo primero y antes de continuar con el rezo había que ayudar a proteger del polvo lo más que se pudiera; una vez cumplida esa obligación, estaba uno listo para escuchar la recriminación "¡Arrepiéntanse!" porque estábamos haciendo mal sin remordimiento y aquel remolino era muestra de ello.

Hoy, a la distancia de aquellos tiempos, pero a como están las cosas, capaz que la gente de antes (como le llamábamos a los más mayores) tenía algo de razón. Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en [email protected] En Twitter en @MarisaPineda. Anímese a leer un libro y mientras que tenga una semana libre de polvo y paja.