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Más sobre reformas en acción

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Por: César Velázquez

Concluía mi colaboración del pasado jueves preguntando si, como afirma el presidente Peña Nieto, esta nueva reforma del Estado puede iniciar la ruta hacia un nuevo México, y si las reformas aprobadas pueden incidir en el cambio de modelo económico para enfrentar la inequidad y la concentración del ingreso.

No son pocos los actores de la vida pública nacional que están convencidos de que, en efecto, estamos ante una nueva etapa en la que, como ahora sí se va a crecer, podrán atenderse viejos reclamos y demandas, pues la productividad —esa palabrita que es la muletilla de moda— contribuirá a mejorar la capacidad de generación y distribución de riqueza. El desplegado de los resucitados "factores de la producción" es emblemático de esta posición.

Hay en esta perspectiva lo que podemos llamar una inflación de expectativas. El propio discurso oficial advierte la maduración de las reformas a la vuelta de la esquina, y la desmesura de algunos funcionarios llega a plantear que tan sólo en el sector de energéticos habrán de generarse de aquí al fin del sexenio ¡dos millones de puestos de trabajo!

En su texto Reformas en acción, el presidente es más mesurado: señala que empezarán a ejecutarse políticas públicas que permitirán materializar los beneficios de las reformas, y que "el camino no será fácil ni los resultados llegarán de inmediato". Es mejor hablar con la verdad. Como bien escribió Jesús Silva Herzog-Márquez: ¿No valdría equiparse de cierta cautela frente las expectativas que hoy se inflan por la ansiada reforma energética?

La pregunta es pertinente. Los llamados a prepararnos para "administrar la abundancia" que nos traería la riqueza petrolera, las reformas de fines de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado, que anunciaron nuestra entrada a la modernidad con el abandono de la pobreza y la corrección de las desigualdades, han terminado en auténticos despropósitos, con una sociedad crecientemente empobrecida, donde frente a la opulencia de unos cuantos está la indigencia de millones de mexicanos.

Para no ir muy lejos: recientemente, con la aprobación de la reforma laboral, al finalizar el pasado sexenio de oprobio, se dijo que ahora sí, con la flexibilización que se establecía en el mercado de trabajo se generarían miles de plazas, mejorarían los salarios de los trabajadores, y se elevarían competitividad y productividad. La realidad es terca como una mula. De todo todavía no hay nada.

No parece haber muchos motivos para la esperanza: entre los años 40 y principios de los 80 del siglo pasado, sin esas grandes y ampulosas reformas, el país creció a una tasa promedio del seis por ciento. Una vez iniciadas las reformas, y en el marco de lo que se ha dado en llamar periodo neoliberal, es decir en las últimas tres décadas, el país ha crecido a un muy mediocre ritmo de apenas dos por ciento.

Las reformas pueden, en efecto, como así va a ocurrir, elevar la producción de riqueza. Es una necesidad del capitalismo para sobrevivir en el mundo global. Pero para esta sobrevivencia la otra cara de la moneda es quizá más relevante. Es la cara que en los últimos cinco lustros o las tres últimas décadas, no ha podido atender el modelo depredador que se ha seguido.

cvr052@gmail.com