Opinión

Meade y la difícil tarea de ser uno mismo

Por: Jorge Fernández Menéndez

José Antonio Meade. El Universal

José Antonio Meade. El Universal

La campaña de José Antonio Meade desde la llegada de Vanessa Rubio (quizás es casualidad que sea desde entonces, pero es desde esas fechas) está haciendo rectificaciones importantes que acercan al Meade candidato cada vez más al Meade real, una distancia que se había ampliado tanto que se había convertido en el mayor de los problemas del inicio de su campaña.

A la suma de propuestas importantes, sobre todo las de la lucha contra la corrupción y las de seguridad pública (casi ignoradas pero interesantes las de Ciudad de México) ha comenzado a dar los pasos que muchos priistas le reclamaban: mostrarse junto con alguno de los personajes centrales de ese partido. Dicen las fuentes más cercanas a Meade que no hubo alejamiento del partido en estos días, que el candidato se concentró en acercarse a quienes no lo conocían, que son las bases priistas en los estados, por eso, dicen, se concentró en las giras para buscar y conocer esos liderazgos locales. Y dicen que le ha funcionado bien. Que en una campaña donde Meade llega como independiente, con un conocimiento entre la población de poco más del 50 por ciento, con pocos negativos, su actual nivel en las encuestas es muy aceptable. Puede ser, tiene lógica.

Pero en política las percepciones y emociones son determinantes. Meade tenía que enviar mensajes de otro tipo, hacia la percepción y el sentimiento de los priistas. Quienes creen que Meade tiene que alimentar sólo la percepción ciudadana se equivocan. Y hay priistas que son de alguna forma paradigmáticos en la coyuntura: los es Miguel Osorio, lo es Manlio Fabio Beltrones, lo es José Narro Robles.

Hay priistas que suman y otros que restan. Está bien que en su equipo (mejor dicho en el PRI, que no es lo mismo) haya incorporado algunos personajes priistas como Eruviel Avila o José Ramón Martell. Pero un evento como el que tuvo Meade con Osorio en Hidalgo o el de este fin de semana con Beltrones en Sonora, es más importante que muchas designaciones. Hay que ver a Meade muy cerca de Narro, de Enrique de la Madrid, de Gamboa, de algunos gobernernadores. Suman. La combinación de una política de propuestas acertadas, de mostrar un perfil de concertación y no de confrontación, de fortalecer lazos con personajes influyentes del priismo, cuidando alejarse de los verdaderamente desprestigiados es clave.

Por eso no se entiende bien, por ejemplo, que esté coordinando operación electoral Rubén Moreira, o uno se pregunta a quién se le ocurrió sentar junto a Beltrones en Sonora nada menos que a José Murat, con quien el sonorense tiene mala relación y cuando representan dos formas completamente diferentes de interpretar y ver la política.

Dicen que el diablo está en los detalles y vaya detalle el de Chiapas. Allí ha habido una desastrosa operación política que afecta seriamente a Meade. El intento de imposición de Roberto Albores rompió alianzas, ha causado conflictos, expuso diferencias y, lo más peligroso, un desencuentro político-electoral comienza a ser un enfrentamiento social. Los muertos y heridos de Oxchuc, las movilizaciones en Tuxtla, los recuerdos del tristemente célebre periodo de Albores Guillén, marcados por la operación de grupos paramilitares, de violencia, de acusaciones de corrupción y de un deuda interna inmanejable, se vuelven a poner en la mesa, luego de un periodo en el cual, pese a los desafíos enormes que significaron los terremotos de septiembre pasado, el estado había vivido en relativa paz. Uno de los factores que la habían roto en más de una oportunidad fueron los enfrentamientos personales y violentos entre los dirigentes del PRI y el Verde, Roberto Albores Glisson y Eduardo Ramírez.

¿A quien se le ocurre, en ese contexto, tratar de imponer una candidatura que para ellos y sus partidos resultaba intransitable? Es un capricho político más inexplicable aún porque Albores no era la opción de Enrique Peña, ni de José Antonio Meade, ni de Manuel Velasco, ni era el acuerdo que había logrado Luis Miranda, como enviado especial al estado. El acuerdo era Luis Armando Melgar, y lo que hubiera sido una sencilla operación político electoral ahora se ha convertido en una crisis donde, para evitar que siga creciendo, se tiene que regresar a los acuerdos de origen. Y ya casi no hay tiempo para hacerlo.

Decíamos la semana pasada que uno de los puntos claves para que la campaña de Meade crezca es que sea él mismo y no el personaje que a veces le quieren construir; y que asuma que el mando de la campaña es suyo, porque su estilo personal se reflejará en la forma que adopte la campaña y en las mujeres y hombres que lo acompañarán. Está comenzando a ejercer esa estrategia y si logra componer los tropiezos de sus subordinados verá como sus números también crecerán.

El fanfarrón de Salinas

Leí con mucha atención, es un texto que lo amerita, el artículo que escribió Carlos Salinas de Gortari en El País. Es probablemente lo mejor que ha escrito Salinas en los últimos años. Es un texto con ideas fuerza plenamente compartibles, con preguntas legítimas sobre temas estratégicos, que esperan respuestas que los candidatos no nos han dado. Puede caer mal o bien Salinas, se puede pensar que fue un gran reformador o el jefe de la mafia (o las dos cosas), pero el de El País es un texto que merece, aunque alguien no esté de acuerdo con él, una respuesta seria.

Es desconcertante que un día López Obrador diga que está dispuesto a fumar la pipa de la Paz con Salinas y que al día siguiente afirme que Salinas publica ese texto porque tiene afán de protagonismo y que es un “fanfarrón”. Afán de protagonismo mayor que el de Andrés Manuel no sé si hay y todo político lo tiene. ¿Por qué es un fanfarrón?¿Porque hace preguntas profundas y de contenido estratégico sobre temas que los candidatos, por lo menos la mayoría de ellos, suelen ignorar en el más amplio sentido de la palabra?. Más incomprensible aún es que Andrés Manuel diga que la única pregunta qué hay que hacer y responde es si se quiere o no el cambio. Como si no fuera legítimo preguntarnos qué cambio es el que él o cualquiera de los candidatos nos propone.

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