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Opinión

Meade y la psicopolítica

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Por: Manuel Bartlett

El candidato Meade declaró: “voy a traer mis pruebas… (sobre) mi estado de salud mental”, poniendo el tema en la mesa. En 1930, Lasswell investigó cómo las motivaciones psicológicas influyen decisivamente en la conducta política. Psicólogos, psiquiatras construyeron la caracterología de psicopatía y estudiaron la personalidad de muchos líderes históricos (Hitler, Stalin): encanto superficial, frivolidad, narcicismo, mentir, malicia, manipulación, falta de remordimientos, juicio deficiente despreciando experiencias, crueldad, insensibilidad, agresión impulsiva, no importarle las consecuencias (doctor Cleckly, “La Mascara de la Cordura”). En 1970, el emérito doctor Hare lo perfeccionó resaltando la avaricia, concluyendo: “los peores psicópatas llevan ropa de marca y ocupan suntuosos despachos, en la política y las finanzas”. En 1981, el doctor Rentchnick y Accoce en “Los Enfermos que nos han gobernado”, analizan la salud de gobernantes desde la Segunda Guerra Mundial, mostrando decisiones cruciales en momentos de desequilibrio emocional, “irresponsabilidad, modificaciones de personalidad, euforia, delirio megalomaníaco, desaparición del sentido crítico, e incoherencia profunda en su comportamiento” (Frank Bracho). En 2008, el psiquiatra británico David Owen (respetado parlamentario, secretario de Relaciones Exteriores y de Salud, rector universitario) publicó “En el poder y la enfermedad”, estudiando la “enfermedad del poder” en jefes de Estado, a partir del “síndrome de Hibris”: 1) rechazar lo contrario a sus ideas; 2) incapacidad de cambiar la conducta, despreciar la experiencia; 3) trato prepotente; 4) marcado narcisismo. Afirma Owen: “La medida en la que la enfermedad puede afectar a los procesos de gobierno y a la toma de decisiones de los dirigentes, engendrando locura en el sentido de estupidez, obstinación o irreflexión… la incapacidad para cambiar de dirección porque ello supondría admitir que se ha cometido un error. … cierto género de locura: la embriaguez del poder”. Owen narra cómo vio el “sindrome de hybris” en políticos —como Blair—, de moderados, fueron “embriagándose de Poder” y tomaron decisiones, sabiendo sus consecuencias funestas.
Esta “embriaguez de poder” caracteriza al gobierno de Peña Nieto (desde el Estado de México inició la corrupción personal y sistémica despreciando a la opinión pública, jactándose de la represión en Atenco y su avaricia con OHL y Grupo Higa). Continuó mostrando síntomas: reformas como política perversa de corrupción con empobrecimiento nacional, sin remordimientos; narcicismo (gobierno de imagen personal televisada con parafernalia monárquica-militar, imposición de su álter-ego en el Estado de México, su “avión presidencial”); insensibilidad ante las masacres (Ayotzinapa, Tlatlaya); agresión impulsiva (Aristegui, Morera); remoción y tortura del fiscal contra Delitos Electorales sin importarle consecuencias. Impone la Ley de Seguridad Interior, no importándole la tragedia que significa y a pesar de reclamos de la opinión pública nacional e internacional. Mentira patológica: manipula al Senado para simular “mayor diálogo con la sociedad” en foros, enviando un general insolente a amedrentar representantes de la sociedad; promulga la Ley ignorando demandas a vetarla, esperando —afirma— la resolución de la Suprema Corte sobre la validez constitucional. Ningún equilibro: el Congreso cooptado, la Suprema Corte obsecuente, gobernadores corruptos y sometidos, los medios de comunicación corrompidos encubridores. Peña sigue, incapaz de cambiar, ignorando el rechazo social a sus acciones; valida la Sentencia de Lord Acton: “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Owen afirma que para protegerse de esos gobernantes psicotizados, las democracias requieren controles, equilibrios, mecanismos como el Parlamento y los medios de comunicación aunque —reconoce— “no siempre son eficaces cuando hay dirigentes despóticos, donde… la condena exterior, las sanciones internacionales… tienen limitado valor”. El gobierno psicopático de Peña careció de esos controles. ¿Presentará Meade, junto con el suyo, este estado de salud mental del gobierno del cual fue operador financiero del presupuesto empobrecedor y la corrupción financiada de Legislaturas y gobernadores?