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México y Francia

Aunque existen grandes diferencias en los niveles de desarrollo y la fortaleza de sus instituciones entre Francia y México, para sus respectivos gobiernos los retos que enfrentan tienen algunas similitudes que en buena medida se explican por los impactos de la economía global y la revolución de las comunicaciones a las que ningún gobierno puede en la actualidad escapar.

Para señalar el punto comparto con los lectores de EL UNIVERSAL la reflexión que hice ante el presidente de Francia François Hollande, en el Senado, durante su visita a México (cincuenta años después de que Charles De Gaulle pronunció un discurso de reafirmación nacional al lado de Adolfo López Mateos, desde el balcón de Palacio Nacional).

Sostuve que los retos de México son más parecidos a los de Francia de lo que perecería a primera vista.

México necesita tener un crecimiento económico sostenido para generar mayor número de empleos para sus jóvenes.

El crecimiento debe ir acompañado de justicia social.

Para crecer, la economía tendrá que ser más competitiva y con mayor capacidad de innovación. Para disminuir las desigualdades, tendrán que aumentar los salarios, mejorar la educación y la salud, así como quitar cargas a los pobres.

Habrá que hacerlo en una sociedad que ya está cansada de tantos sacrificios, a la que se le han ofrecido resultados que no se han alcanzado, que desconfía de las instituciones, a la que no convence el dogmatismo neoliberal pero que tampoco ha encontrado alternativas efectivas.

En México el reto es aún mayor. Lo es por una razón fundamental: la desigualdad es más extrema y la fortaleza de sus instituciones políticas es menor.

México goza de un buen momento en la opinión internacional. Muchos, sobre todo entre los inversionistas y en la opinión internacional, piensan que será un país de grandes oportunidades en un mundo donde éstas no abundan. Esa percepción no la comparte una parte de la sociedad mexicana. Dentro de México tenemos diferencias, pero deberemos encontrar los consensos para mejorar la seguridad y el crecimiento.

Habrá que hacerlo sin incurrir en las tentaciones que han lastimado a México: corrupción, impunidad, insuficiente compromiso con el Estado de Derecho, economía oligárquica, falta de capilaridad social.

Los próximos años serán decisivos. Deberemos tener éxito. Lo tendremos si nos acercamos a nuestras mejores herencias. A las lecciones de política incluyente. La comunicación sincera, sencilla, la que va acompañada de hechos consecuentes. La apertura al mundo con inversiones, pero también con cultura. El acercamiento con los excluidos, para acelerar su integración y hacer valederos sus derechos.

Hoy queremos compartir con usted la determinación de reafirmar nuestros espacios en un mundo que pasó de la Doctrina Monroe de las zonas de influencia,

al unilateralismo de los neoconservadores norteamericanos y ahora al multilateralismo con zonas de influencia. De la consolidación del Estado Nacional a nuevas configuraciones de estados y de grandes metrópolis. De las revoluciones industriales del vapor y la electricidad, a la de la información. De la manufactura y la economía de servicios, a la del conocimiento, con hiper productividad, hiper transparencia y aberrantes fenómenos de concentración de la riqueza que en años han destruido el capital social de décadas.

En ese mundo difícil y esperanzador miramos a Francia y a su gobierno con respeto. Desde el punto de vista del liderazgo político, las preguntas a hacerse, respecto a la efectividad de un gobierno son semejantes: ¿Cómo se suman hoy en una dirección clara las fuerzas necesarias del gobierno, los parlamentos, las autoridades locales, las empresas, la cooperación internacional? ¿Cómo se hace eso en Francia, cómo se hace en México? Pero sobretodo, ¿cómo se van logrando resultados legítimos para que la gente recupere su aliento y su determinación? Ni Francia ni México tienen margen para el error ni para la espera.