Opinión

El atardecer de un político

POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA

Por  Miguel Ángel Vicente Rentería

Foto temática(Pixabay)

Foto temática | Pixabay

No existe político poderoso al que no le aterre la normalidad. En justas dimensiones, pero esto es sin excepción. Ya muchas veces se ha escrito sobre esto. Existen ensayos que nos ilustran cómo, además de la muerte y el olvido, la normalidad es un temor en la clase política.

Y aunque pareciera que tiene que ver con el sujeto y la manera como enfrenta el ocaso de su poder, en realidad ni siquiera es tan importante el sujeto como para atribuirle este fenómeno que le ha pasado no solo a políticos de menor nivel, sino a grandes reyes, papas, emperadores, presidentes y gobernadores a lo largo de la historia. Tiene que ver con el poder.

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El poder que seduce, que corrompe, que baña en éxtasis de placeres cortoplacistas al político, para después quitarle la seda de los ojos y cubrir al siguiente en ocupar su lugar.

Esa fuerza y vitalidad que otorga el poder como un instrumento político que da licencia al sujeto de doblegar a la moral misma, que da licencia a las compras y los viajes exóticos, a los favores a terceros y las instrucciones por teléfono que, en menos de lo que piensa, se esfuma entre sus dedos.

Más pronto que tarde, se da cuenta que el sueño acabó y ahora tiene que hacer sus propios trámites burocráticos, llevar al lavar su coche y no tiene más invitaciones a desayunar. De las 100 llamadas diarias, ahora solo tiene cuatro o cinco de su familia y uno que otro amigo; y por más que se esfuerce en levantar la mano y emitir una opinión, otras ya están por encima de él.

Se dio cuenta que el poder no era un instrumento de su política, sino que él fue un instrumento del poder.

Y ahora, el poder no está ahí para hacerle compañía ahora que está solo, porque para él todos los días son fiesta, cambia de sujeto sin moral, porque al poder no le importa la moralidad, absorbe la energía, el tiempo, las relaciones más preciadas del sujeto político y después se va, como si nada hubiese pasado.

El pago al político fue el fin de semana en las playas paradisiacas, las fotos perfectas para Instagram, el lujoso coche que en tres años se devaluará y los placeres exóticos que al sujeto le apetezcan.

Pero ya fue, y él no se quedará a esperar el atardecer. Oscurece, y ya otros políticos esperan ansiosos su turno, a lo que el poder no les dirá que no.

No le importará el ruego del portador por un periodo más o su reivindicación moral para ahora sí hacer las cosas bien. Claro que no, porque la perpetuidad es imposible en la humanidad, pero es posible para el poder si se cambia de manos.

Tampoco le importa verle en soledad, el poder no le teme a la soledad, no la conoce, le deja a la intemperie del tiempo, que poco a poco hará su trabajo.

Y ahí está, el sujeto político contemplando el atardecer, contando en una poltrona sus años de gloria, añorando reconocimiento por lo poco o mucho que hizo, esperando el llamado de los jóvenes para que puedan inspirarse de sus hazañas y que, por lo menos ahí, con un poco de suerte, pueda florecer una semilla de sus luchas.

Y ahí estará el poder, esperándolos con el alba para retirarse al atardecer.

Nos vemos en la próxima.

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