Opinión

¿En qué nos estamos convirtiendo?

POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA

Por  Miguel Ángel Vicente Rentería

Aspectos de un discurso político(Foto ilustrativa El Debate)

Aspectos de un discurso político | Foto ilustrativa El Debate

Analizar el comportamiento político es de las cosas que más disfruto hacer. Rara vez fijo posturas a favor o en contra, o me enredo en debates de Facebook que, para mí, no son más que discusiones estériles que no llegan a ningún punto. ¿Debatir para ver quien tiene la razón? Para qué, como si la razón o la verdad fueran únicas, o como si los comportamientos sociales no fueran una constante evolución de verdades y nuevos descubrimientos inherentes a la conducta humana.

Sin embargo, con tristeza he atestiguado el rumbo que hoy lleva la política, donde el diálogo ya no forma parte de la construcción de hipótesis, la cortesía política que se anteponía sobre el discurso de odio ya no se ve más en los escenarios públicos.

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Hoy se pugna a favor o en contra; si no eres mi aliado, eres mi enemigo. Porque yo estoy bien, y tú estás mal, blanco o negro, bueno o malo. Y en esa tesitura, todo aquel que aspire a opinar sobre una idea política está obligado a declarar si está conmigo o es mi adversario.

¿En qué nos estamos convirtiendo?

Preocupante aún, ¿en que se están convirtiendo las nuevas generaciones de políticos? Que al unísono y al ataque despotrican y expulsan señalamientos que incluso sobrepasan los tópicos a discutir.

Pero en las nuevas generaciones, solo en ellas, está la oportunidad de cambio, pues los grandes y viejos políticos se encuentran atrapados en la vorágine de la política como la vivimos hoy en día. La lucha de las ideas se encuentra ya de manera sistemática y progresiva, cada vez más agresiva; y solo los jóvenes, solo ellos, pueden poner un alto.

Los personajes que hoy integran la llamada clase política se están convirtiendo en embajadores del odio. El paisaje no es nada positivo para quienes sueñan con dedicarse a esta profesión.

Los discursos y posicionamientos de legisladores, alcaldes, gobernadores y hasta del presidente de México incluyen odio y desprecio por los otros. Algunos, al amparo de ser la oposición, no dejan avanzar a quienes gobiernan en turno; y quienes gobiernan en turno, al amparo del populismo y el aplauso, descalifican, critican y dividen.

Tal parece que para muchos políticos de México, la política es una dicotomía, un concepto que tiene dos significados, donde ambos se disputan por comprobar que uno tiene la razón sobre el otro. Lejos estamos de aquel “privilegio del diálogo”.

Lo dijo Maquiavelo en su obra El príncipe, el odio es un gran instrumento al servicio de los intereses políticos, es decir, la gente sí vota por odio; y eso nosotros en México lo tenemos comprobado. Pero cuidado, porque también argumenta que esta navaja de doble filo, aunque facilita los triunfos electorales, dificulta la gobernanza, toda vez ganando; y las pruebas ustedes las tienen día con día.

La falta de anclajes políticos y de líderes sociales que brillen por luz propia han orillado al político tradicional a ganar simpatías invocando al odio sobre su adversario, señalando lo que el otro hace mal, pendiente de cada paso del adversario para evidenciarlo y exponerlo, como si esto automáticamente le garantizara que la ciudadanía vuelque su apatía sobre el que solo pone el dedo.

La falta de propuestas y de ideas nos conduce al populismo.

Y los políticos de hoy, tristemente, se están convirtiendo en populistas.

La narrativa entre “nosotros y ellos” ya forma parte de las líneas discursivas de todos los políticos, polarizando e invisibilizando a quienes se encuentran en la frontera de fuego, con una simple, pero necesaria, opinión neutral.

Por el bien de la democracia, ojalá que quienes aspiren a ser políticos tomen de ejemplo a aquellos que no invocan al odio, aquellos subnormales que no discuten y trabajan en lo suyo.

Tristemente, los partidos políticos tampoco abonan mucho para que los nuevos cuadros entiendan de conceptos, a pesar de recibir presupuesto por parte del INE para empoderar y preparar nuevos y mejores políticos, no vemos desde hace tiempo un joven que brille por luz propia, salvo sus honrosas excepciones.

Previo a las elecciones del 2021, veremos si los discursos de los candidatos y candidatas van a versar en sus propuestas o en descalificaciones al Gobierno en turno. Ambas son necesarias para la democracia, pero lamentablemente no para ganar una elección hasta donde las noticias falsas ya ganaron un espacio importante.

Nos vemos en la próxima.

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