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Opinión

La vida diaria del oficio político

POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA

Por Miguel Ángel Vicente Rentería

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Adaptarse al cambio de poderes, de grupo o de partido político; adaptarse a las necesidades económicas, al jefe en turno, a la convivencia con personas desagradables; disfrutar de las banalidades pero sufrir de las cosas esenciales; hacer política con ética o hacerla sabiendo que está en contra de tus ideas; andar a prisas, detenerte y sentir de momento que todo se acabó. Sentimientos encontrados que vive día a día una persona que se dedica al oficio político, sujetos que han entregado su vida, no al servicio público, sino a la política. A la gloriosa y a la vez destructiva política.

El motivo de esta columna no es bañarlos de gloria, pero tampoco señalarlos sin un sentido crítico y objetivo. Y es que, ¿sabemos qué pasa por la mente y vida diaria de un político o de una política?

Levantarse todos los días para no perder la fragilidad de la popularidad, cuidar cada paso con temor de dar uno equivocado y destruir lo que poco a poco has formado, con esfuerzo o circunstancias, pero que ha costado. Que se te nieguen oportunidades sobre otros que tal vez no lo merezcan más, que terminen los efímeros puestos una y otra vez, que nadie te voltee a ver.

¿En qué momento se sacan fuerzas para continuar? A pesar de etiquetas inmerecidas por errores de otras personas, de abandonar la vida privada y tener que hacerla pública, de nunca dejar de sonreír a pesar de que por dentro todo esté de la chingada.

Dedicarse a la política es entrar a un camino lleno de obstáculos por muchísimas cosas, por la apariencia, por la educación, por la condición social o económica, o simplemente por querer dedicarte a una profesión donde no hay puestos para todos, y donde los que están dentro están haciendo turno para llegar, quizá, al mismo lugar que tú aspiras, por lo cual se vuelven tus rivales, esa lucha interminable entre los que luchan por entrar contra aquellos que luchan por no querer salir. Pero a todo esto ¿quién los obliga?, y si nos vamos más allá, ¿quién los reconoce? En México no existe un Día del Político, para la sociedad son esa especie de persona que solo busca hacerse rico a costa de los demás, mezquinos, corruptos, mentirosos, adjetivos que, por supuesto, se han ganado algunos y que se llevan a todos como una especie de reception packet cuando te decides dedicar a la política.

Entonces ¿para qué?, ¿quién quiere problemas gratis?

Tal parece que la persona que decide levantar la mano y decir “quiero participar en política”, pero menuda sorpresa cuando dentro, al momento de ser mezclados con el montón y ser parte ya del promedio, se dan cuenta del viaje sin retorno lleno de estigmas, señalamientos, etiquetas y desprestigio al que han comprado boleto. Dejar atrás la familia, luchar para buscar una posición de poder dentro de esta profesión, sentir la lejanía de amistades reales y ahora tener muchas más pero, más por el puesto que por tu persona. El diario de un político no es el que vemos en redes sociales, no es el de los eventos, los encuentros con mucha gente, las poses y las fotos. El diario de la política o el político es cuando llegas a tu casa y te desabrochas la corbata o te quitas las cansadas zapatillas, es cuando te encuentras ante la fragilidad de tu ser y te ves al espejo reconociendo el ser tan humano, vulnerable como los demás, o en las mañanas, antes de transformarte para el público y ponerte la máscara de ser perfecto para mostrar un personaje en el que muchas veces el político se queda atrapado.

El personaje que quieres que todos conozcan, pero el que es tan costoso mantener. 

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Cuesta ser político, y cuesta más ser una política, cuestan los hijos, la pareja, el tiempo, el dinero, las ideas, las preferencias sexuales o los deseos íntimos, las relaciones personales, cuesta la vida misma donde la mayoría de las veces, lastimosamente, todo es cambio de nada.

Nos vemos en la próxima.

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