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Opinión

Ciudadanos comunes: Ni de izquierda ni derecha

POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA

Por Miguel Ángel Vicente Rentería

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El mundo político está de cabeza. La agitación con la que se encuentra la sociedad, derivada de los escenarios y la agenda que dicta la clase política, nos está asfixiando.

No existe una sola fecha en la que no suceda algo, sin que podamos vivir nuestro día sin recibir nuestra dosis política, nuestro cubetazo de agua fría sobre algo que dijo el presidente, sobre un nuevo recorte al presupuesto, pruebas de corrupción, pifias de los diputados, violencia, manifestaciones y, más reciente, hasta “golpes de Estado”.

Para quienes han decidido hacer de la política su profesión o vocación, cada nota es sinónimo de estudio y valoración para redefinir su estrategia electoral o política, para defenderse o para dar réplica.

En sí, todo lo que sucede es digno de análisis: descubrir el porqué del contexto tan dramático y cada vez menos alentador en el que nos encontramos, lo cíclico que se vuelve la política y las predicciones sobre los clásicos que parece están cobrando vigencia.

Eso en parte para los que viven de y para la política, pero para el ciudadano común, ¿a él qué le espera si no es más que descontento, miedo y frustración al ver y una otra vez una nota política?

Para ese que no es ni de izquierda ni de derecha, el que trabaja todos los días por un salario mínimo, el o la que se esfuerza por llevar el pan a la mesa, la que toma el camión para dirigirse a su trabajo en alguna tienda departamental o en la obra y que solo ve cómo unos y otros en las redes y los medios de comunicación se atacan con señalamientos.

Para esa gente, para ellas y ellos, todos son iguales, políticos al cabo.

La lucha por el poder está consumiendo a la clase política, se matan entre ellos como si se tratase de la última pieza de carne en una jaula de hienas. Sin protocolo, sin método, sin civilidad política, sin acuerdos.

Ese es el resultado también de que nos gobierne en el mundo gente ineficaz y sin preparación.

Ante todo esto, quienes se dedican a la política sí tienen que ponerse a pensar: ¿se están preocupando por gobernar disfrazándose de buenas intenciones, o están perdiendo el tiempo desgarrándose las vestiduras con la oposición para mantener el poder?

El resultado de esta lucha estéril tendrá como consecuencia la derrota del ciudadano, llevarlo a su punto máximo de hartazgo otra vez y que el voto masivo por una esperanza sea su máxime sinónimo de exclamación.

La sociedad no se merece pagar platos rotos de decisiones equivocadas, realizar movimientos armados o levantarse a manifestarse cuando se supone que en su voto deposita la confianza al político, para que este gaste su dinero, el dinero del pueblo, en buenas políticas y buen Gobierno.

Pero no sucede así, y ahí están, ese ciudadano que nada debe, ni de izquierda ni de derecha, en el fuego cruzado de la mezquindad política.

Nos vemos en la próxima.

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