Opinión

Política intempestiva: entre la realidad de los políticos y el entorno verdadero

POR EL BIEN DE LA DEMOCRACIA

Por  Miguel Ángel Vicente Rentería

Foto temática(Pixabay)

Foto temática | Pixabay

¿Cómo pensar lo que sucede en la realidad política sin dejarnos enceguecer? Sin dejarnos llevar por la ola obradorista que lanza pugnas a todo aquel que no profese su religión, o dejarnos convencer por la oposición que jura un rescate a la situación que estamos viviendo.

Hay una palabra que utilizó Nietzsche para trabajar esta idea. Él decía que tenemos que ser intempestivos, es decir, tener un pie dentro de la filosofía que estos dos frentes nos presentan como verdades absolutas, pero otro pie en el contorno, en el quizás no, para no dejarnos llevar por completo por una narrativa u otra.

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O peor aún, dejarnos llevar por la agenda política que se mueve al vaivén de la posverdad, de cosas que ni son ciertas ni creíbles pero que parecen ciertas y que las adoptamos como tal.

Hay un relato en el libro El origen de Thomas Bernhard que cuenta cómo una vez, en una aula de colegio, se encontraba colgada una esvástica, y que esta fue removida y sustituida por un crucifijo, ambos símbolos muy potentes en la época.

Inmediatamente, la persona que hizo este cambio fue destituida de su puesto y en su lugar llegó otra persona que quitó el crucifijo y volvió a colocar la esvástica.

En este ejemplo, la doctrina hacia los estudiantes es muy similar. Ambas impositivas, no existe diferencia entre la violencia ejercida entre una y otra creencia, lo que provoca un fanatismo que divide; lo mismo sucede en la sociedad pero con símbolos diferentes.

El paralelismo de ideologías nos exige al ciudadano a ser intempestivo, a ver la luz pero también aceptar que existe la sombra, y si existe luz es porque alguien la encendió y quiere, de alguna forma, que observemos lo iluminado.

Ese formato en la manera de pensar nos estructura y obtura nuestra posibilidad de pensar contradictoriamente o simplemente utilizar el sentido común. 

Es eso que el filósofo Heidegger llamaba como el “impersonal: se”. Donde el bombardeo de información nos obliga a pensar lo que se piensa, desear lo que se desea, sentir lo que se siente, consumir lo que todo mundo consume.

Hasta en esta narrativa, de cierta manera, aunque no sea con esa intención, influye en lo que pensamos individualmente quien consume la información y que al compartirlo con los demás se convierte en algo colectivo.

Y qué falta le hace -por ejemplo- a la clase política, no anclarse o fanatizarse en una teoría vertical, pues justo eso es lo que ha revolucionado a la sociedad: el no ver a la clase política liberarse de conceptos establecidos o aceptar el cambio de los tiempos, disociarse del lazo continuista de una persona, en el caso de AMLO, o una institución, en el caso del PAN o el PRI que los sujeta y los obliga a pensar de manera cuadrada.

Afortunadamente, en estos tiempos se ve un luz al final del túnel: hay una sociedad cada más intempestiva que cuestiona todo y critica lo establecido. Los jóvenes somos agentes importantes de esto, ya no tenemos el pie en una sola idea, sino que aceptamos que lo que hoy es, mañana tal vez ya no lo sea.

¿Por qué? ¿Pues por qué no?

Nos vemos en la próxima.

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